martes, 25 de diciembre de 2007

MENSAJE NAVIDEÑO


Es mejor felicitar en lo individual. Uno por uno. Pero ya saben: los deberes, la distancia, la pereza, las cuentas telefónicas expedidas por el señor Slim, las crudas, sobre todo las abominables crudas... Es un lío esto de preparar mensajes navideños de bienaventuranza. Un mensaje de este tipo es ante todo un regalo. ¿Y cómo hacer un regalo? Es decir, un Regalo. Al menos uno original. La gente cree hacer regalos, pero no tiene idea. Nadie ha podido a la fecha elaborar una teoría del Regalo.

Los personajes navideños canónicos o tradicionales carecen de las aptitudes o de la inteligencia intuitiva para entender el campo de acción del Regalo. Santa Claus padece de diabetes galopante y se encuentra en el retiro. Rudolph, el reno, fue empleado en servicios de taxis aéreos hasta que fue atropellado por un Boeing conducido por un piloto ebrio. Los duendes tuvieron mejor fortuna, pues abrieron un fideicomiso de inversiones y terminaron siendo propietarios de un castillo en Irlanda, donde tienen por vecino al Lic. Carlos Salinas de Gortari. En fin, que no nos queda mucho de donde asirnos para saber hacer Regalos, por lo cual lo mejor es regresar a los orígenes y no precisamente a los pasillos de Walt Mart, Liverpool o el Corte Inglés.

Me refiero a aquel misterioso hombre, poeta y místico, que nos quiso hacer el más grande Regalo posible (un Regalo que por cierto nadie, a pesar de gritos de unos y otros, ha atinado a siquiera adivinar). Dicho hombre fue incomprendido y encontró hace más de dos mil años la muerte entre dos maderos. Por él y en función de su gesto de buena voluntad sin pedir ni querer nada a cambio sería válido desearles a todos una muy feliz navidad. ¿Pero qué más da la causa? Me da la gana desearles buena suerte y lo mejor. Eso es todo. Ese es mi simple y humilde Regalo.

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