miércoles, 21 de noviembre de 2007

CONFESIONES DE UN PANBOLERO


Malas noticias. Esta entrada y la próxima serán dedicadas a un asunto menor: el fútbol. La primera entrada corresponde a las [¿cínicas?] confesiones de un panbolero, quien va al grano al explicar los vericuetos de su deporte favorito, con un único olvido quizá: la vida no es como el fútbol; el fútbol es tan solo como la vida de ciertos hombres. “No hay guerras, sino banderas y hombres caídos…” o mejor dicho: “No hay fútbol, sino patadas y pequeñas batallas en la media cancha, clavados en el área, árbitros perdiendo la cordura, yanquis de la gambeta gratuita, interminables marcadores en ceros, catenaccio y también Romario da Souza, algunas jugadas, algunos lances, algunos goles…”

QUE GANE EL PEOR
Por Javier Cercas

Cuando se publique este artículo apenas faltarán unos días para que termine el Mundial y, después de tres semanas de invasión futbolera, algunos de ustedes –pocos– estarán ya hasta la coronilla de fútbol y otros –la mayoría– juzgarán que este año el Mundial se ha hecho corto. Lo cierto es que el Mundial es una completa locura planetaria y que, se mire por donde se mire, esto del fútbol no se entiende. Por supuesto, todos fingimos a todas horas que lo entendemos a la perfección, pero la verdad es que no se entiende. Se entendería si, como dice Gonzalo Suárez, el balón no fuera redondo, o simplemente si, como le dijo Salvador Dalí a Gonzalo Suárez, el balón fuera hexagonal. Pero el balón es redondo y rueda y, en consecuencia, es rigurosamente impredecible. Esta impredictibilidad –no la habilidad, no el esfuerzo, no el mérito– rige el fútbol. Esta impredictibilidad significa que el fútbol carece de leyes; es decir, significa que es absurdo; es decir, significa que no se puede entender.
Por supuesto, hay cosas del fútbol que sí se entienden, pero no atañen a su esencia, sino a sus aledaños. Todos los estudiosos argumentan que el fútbol es una prolongación de la guerra por medios pacíficos, o, si se prefiere, que es el mejor sustituto conocido de la guerra. Los hechos favorecen esta idea, porque desde siempre el fútbol estuvo asociado a la guerra: dice la leyenda –y es la primera referencia al fútbol de que hay noticia– que hacia el año 1000 los británicos celebraron su victoria sobre el invasor danés cortándole la cabeza a su jefe y usándola como pelota; dice la historia que en 1314 el rey Eduardo II prohibió en Inglaterra el fútbol, y que más tarde lo hicieron Eduardo III, Ricardo II y Enrique IV, todos ellos persuadidos con razón de que el fútbol se practicaba a expensas del entrenamiento militar y de que, por tanto, a más guerra, menos fútbol, y a más fútbol, menos guerra. Pero el fútbol sólo adquiere su fisonomía actual a mediados del siglo XIX, y sólo en la segunda mitad del XX se convierte en el deporte más popular de la historia de la humanidad. Pascal Boniface afirma que lo que el fútbol propone es “una zona residual de enfrentamiento que permite la expresión controlada de la animosidad y no afecta a los ámbitos más importantes de interacción entre los países”, lo cual explicaría que en el último medio siglo de historia, a diferencia de lo ocurrido en el resto del milenio, al menos las grandes potencias europeas hayan prescindido de su afición a aumentar la población de viudas y huérfanos por el procedimiento de sustituir las batallas de sangre por batallas por un balón entre mocetones en calzoncillos. De ahí que los más consecuentes sostengan que la FIFA debería haber sido galardonada hace mucho tiempo con el Premio Nobel de la Paz.
Más misterioso que el anterior es otro hecho en el que acaso no se repara tanto. Si un helicóptero abandonara esta mañana a Ronaldinho en medio del desierto de Gobi, en menos de cinco minutos estaría rodeado por un enjambre de forofos; en cambio, Ronaldinho puede pasear por la Quinta Avenida sin que nadie se fije siquiera en él (a menos, claro está, que se cruce con algún ciudadano no norteamericano, en cuyo caso se le habría acabado al instante el anonimato). El hecho es que el país que gobierna el mundo ignora el deporte que gobierna el mundo. No es que no lo entienda: es que ni siquiera desea entenderlo. A ellos les gusta el fútbol americano, el baloncesto, el béisbol. Pero ninguno de esos deportes es comparable al fútbol. Tratando de explicarles el alcance del fenómeno a sus compatriotas, Paul Auster señaló que si sumaban su interés por el fútbol americano, el baloncesto y el béisbol, y luego lo multiplicaban por diez o veinte, entonces empezarían a hacerse una idea del tamaño descomunal de la afición de los europeos por el fútbol. Pero es inútil: a los norteamericanos no les entra en la cabeza. No es que sean más incultos ni más zoquetes que nosotros, pero no les entra. Algunos dirán que ésa es la causa del inflexible ánimo belicoso de sus sucesivos Gobiernos, y que la ONU debería proponerse la implantación del fútbol en USA como paso previo a la implantación de la paz mundial; puede ser. Sea como sea, en el fondo la explicación de esa incapacidad quizá no sea tan enigmática. Como en cualquier otro deporte, en el fútbol americano, el baloncesto y el béisbol gana siempre el mejor; en el fútbol no siempre es así: de hecho, no lo es casi nunca. Esto para la mentalidad norteamericana –educada en una estricta meritocracia de pionero protestante para la cual el triunfo es siempre fruto del esfuerzo personal– resulta deprimente; sospecho que para la nuestra resulta secretamente exaltante, porque convierte el fútbol en una metáfora exacta de la vida. “Fútbol es fútbol”, declaró Johan Cruyff. La definición –hasta el momento, la mejor que se ha dado nunca de este deporte– tolera tantas interpretaciones como el Ego sum qui sum de Yahvé a Moisés en el Éxodo. La mía es la que adelantaba al principio: lo único que hay que entender para entender el fútbol es que en el fútbol no hay nada que entender. Así que el fútbol no sólo es impredecible; también es ininteligible. Ese fondo ciego, vertiginoso y desesperado es la esencia del fútbol; también –casi sobra decirlo– lo es de la vida.

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