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viernes, 16 de septiembre de 2016

SQUEEZE PLAY. MATERIALES PARA UNA TEORÍA DEL SUICIDAMIENTO

Los mitos no son historias para niños, sino que son como lo planteaba Paul Ricoeur relatos racionalizados con base en símbolos. En ese sentido, los mitos se alimentan muchas veces de metáforas para pretender explicar lo que de otra manera no es explicable o, bien, lo que de otra manera sería explicable con un altísimo grado de abstracción. De hecho el lenguaje cotidiano está cargado de metáforas e incluso de mitos, sobre todo de mitos teológicos. Así, los mitos de los distintos pueblos reflejan sus cosmogonías particulares, esto es, sus apreciaciones del mundo y sus preocupaciones filosóficas y espirituales, en donde por supuesto que hay mitos de dominación y mitos de liberación, distopías y utopías, tal y como lo ha registrado Ernst Bloch en los tres tomos de “El principio esperanza”.
En el Béisbol, tanto la filosofía como la teología beisbolera están precisamente repletos de mitos*, lo cual resulta interesante, pues si el Juego de Pelota es una metáfora de la vida, entonces los mitos del Béisbol implican la elaboración de metáforas sobre metáforas, lo cual liga al Béisbol con el arte poético. ¿Y por qué no? Pensemos en un hombre al bate: batear es un acto de barbarie en nombre de la verdad y la belleza. ¿Acaso no es eso la poesía: desmesura en su justa medida?
Tenemos pues que el Béisbol es un juego poético, una sucesión de metáforas finamente trazadas sobre el campo del juego y durante un tiempo indeterminado, pues es un juego en principio sin límite de tiempo (el juego dura lo que ha de durar). Luego, el Béisbol es un juego capaz de tener significados metafóricos, de desarrollar mitos y de plantear problemas de espacio y tiempo, por lo cual el Béisbol es sin duda un juego complejo, quizá la substancia más compleja descubierta hasta ahora para medir las pulsaciones de la vida minuto a minuto.
Esa complejidad nos ofrece una gran riqueza de posibilidades para el pensamiento. Una de esas posibilidades es la discusión de lo que Albert Camus planteaba en “El mito de Sísifo” como el primer problema filosófico: el suicidio. Es decir, el ser vivo pensante, antes de ahondar en cualquier otro problema, debe preguntarse sobre si merece la pena el vivir y sobre qué tipo de vida ha de considerarse digna de llamarse como tal. En apariencia el suicidio es un problema individual, pero Émile Durkheim se encargó de demostrar también su cariz social en la obra titulada precisamente “El suicidio”.

¿Pero qué puede ofrecernos el Béisbol al respecto? En opinión de quien esto escribe, mucho. Una teoría del suicidamiento en el Béisbol permitiría cerrar el círculo del primer problema filosófico e incluso abrir posibilidades para el pensamiento hermenéutico de lo mesiánico y hasta para una filosofía de la liberación, de una forma tal que sea comprensible para las personas en general. No todo mundo anda por ahí planteándose los dilemas del suicidio o de si el día de hoy es un buen día para pegarse un tiro en la sien, por lo cual el Béisbol como actividad cotidiana nos ofrece otras modalidades para acercarnos a las cuestiones citadas. Veamos.
En primera instancia, el Béisbol, en tanto juego, re-presenta, es decir presenta de forma metafórica, en este caso, re-presenta la vida (ya sea la vida ausente o la lucha por la vida, según quiera apreciarse). Por ello, si hemos de recurrir al Béisbol para tratar el tema del suicidio como algún tipo de liberación**, no podemos perder de vista que el tema sólo puede ser abordado en tanto re-presentación del mismo. Por ese motivo, preferimos distinguir entre la presentación de una teoría del suicidio y la re-presentación desde la óptica del Juego de Pelota de una teoría del suicidio, a la cual para distinguirla de la primera, la hemos denominado “teoría del suicidamiento”, tomando así prestada la categoría de “suicidamiento” del libro “Águila contra el hombre. Poemas para un suicidamiento”, de la autoría de Leopoldo María Panero.
Los griegos de la antigüedad distinguían entre el tiempo lineal, cuantitativo y cotidiano, llamado cronos (“kρόνος”) y el tiempo indeterminado, cualitativo y relevante, muchas veces el tiempo del peligro, llamado kairós (“καιρός“). El kairós es algo muy semejante al tiempo-ahora (“Jetzteit”) de Walter Benjamin, como interrupción del continuum de la historia, y muy semejante también al “Pachakuti” de los pueblos andinos, como tiempo de la inversión fundamental del orden de las cosas. ¿Pero todo esto qué tiene que ver con el Béisbol? O, mejor dicho, ¿qué tiene que ver el Béisbol con todo esto?
Pues bien, el Béisbol también cuenta con un tiempo en el que el propio tiempo transcurre como si no hubiera tiempo, es decir, el Béisbol cuenta con instantes en donde el continuum del juego parece romperse y en donde se abren espacios de oportunidad para el tiempo mesiánico, el tiempo de los héroes, el tiempo de los liberadores. Un cuadrangular en la novena entrada para dejar tendidos a los rivales es sin duda alguna un acto de liberación, pero en ese tipo de jugada no se aprecia el tiempo del peligro, el tiempo ahora, al menos no de forma clara o regular. En cambio, la jugada por excelencia capaz de llevar al extremo y de forma contundente ese tiempo discontinuo tiene un nombre: squeeze play. Esta jugada, por sus características, en nuestra opinión, es justamente la más indicada para pretender la elaboración de cualquier posible teoría del suicidamiento.
El 8 de febrero de 1986, en la quinta jornada de la Serie del Caribe, celebrada en Maracaibo, Venezuela, se enfrentaron las Águilas de Mexicali, campeones de México, y las Águilas del Cibao, campeones de República Dominicana. El juego estaba empatado a siete carreras en la novena entrada. Mexicali cerraba la entrada al bate y logró colocar al corredor John Kruk en tercera con uno fuera. Vino a batear el Almirante Nelson Barrera. Todos esperaban que Barrera buscara el batazo largo para traer al pentágono la carrera, aunque fuera con un fly de sacrificio a los jardines, pero Barrera, tras batear un foul, ejecutó un toque de bola en la modalidad de squeeze play. Fue el tiempo del peligro, el tiempo del todo o nada, pues John Kruk, un peso completo, desde tercera se lanzó como locomotora hacia home mientras la bola tocada por Barrera rodaba lentamente entre el pitcher y la primera base. Los dominicanos fueron sorprendidos, sacados literalmente del tiempo continuo y enfrentados al tiempo-ahora creado por los mexicanos. El corredor anotó y Mexicali dejó tendidos en el terreno a los del Cibao. En el siguiente juego, contra el equipo de Puerto Rico, los Indios de Mayagüez, Mexicali se coronaría campeón de la Serie del Caribe de 1986 al vencerles en 10 entradas con hit productor del Paquín Estrada. Al más puro estilo mesiánico, todo se había consumado.
En el idioma inglés la expresión squeeze play denota la idea de una jugada apretada en cuanto a su desenlace, denotando así también la idea de un tiempo-ahora. En el idioma español esto es llevado hacia un más allá, al llamarle a la jugada “toque suicida”. Justo a partir de aquí podríamos empezar a plantear materiales para una teoría del suicidamiento.

La invención del squeeze play se suele atribuir al mánager de los Yankees, Jake Reid, quien la mandó ejecutar en la Serie Mundial de 1931. Probablemente la jugada tenga orígenes más modestos, tal y como plantean otros que la atribuyen al Béisbol universitario de los Estados Unidos o al Béisbol de las ligas infantiles. El squeeze play implica una maniobra de realizar un toque de pelota con un corredor en tercera base, procurando hacerlo de forma tal que dicho corredor tenga el tiempo suficiente de llegar a home y anotar. En esa línea, la filosofía beisbolera estadounidense distingue entre dos categorías: el squeeze play seguro, en el cual el corredor de tercera no se lanza al plato sino hasta el momento en que el bateador hace contacto con la pelota; y el squezze play suicida strictu sensu, en el cual el corredor no espera a que el bateador haga contacto, por lo cual se lanza al plato en cuanto el pitcher hace el movimiento para lanzar. La distinción referida nos parece un tanto arbitraria en el uso de los adjetivos, pues en ambos casos hay elementos de riesgo evidentes de que la jugada no prospere, y por tanto no encontramos apropiado el calificar a una de las jugadas descritas como segura, cuando no es segura ni mucho menos. Desde luego, alguien podría plantear que se trata de una seguridad relativa. No obstante, consideramos algo más afortunada la categoría de “toque suicida” del idioma español. Ahora bien, también es evidente que dentro del toque suicida hay distintos extremos de riesgo, de ahí que quepa hablar de una teoría del suicidamiento, y de que, en cambio, resulte difícil desde la otra perspectiva hablar de una teoría del aseguramiento relativo, lo cual suena más a una suerte de filosofía bancaria que a una filosofía del Béisbol.
El toque suicida puede ser ejecutado en cualquier inning del Juego de Pelota y en cualquier circunstancia del marcador, pero la apertura hacia el tiempo-ahora se ensancha cuando el toque suicida es realizado en la novena entrada, especialmente en la novena baja, y cuando el marcador está empatado o cuando el otro equipo está arriba por una carrera –de hecho habría mayor peligro en este último caso por el riesgo mismo de la derrota en caso de fallar la ejecución la jugada–. De alguna forma, se cierra entonces el problema filosófico original al plantearse el mánager o el pelotero el dilema de si el Juego ha de seguir siendo vivido en el continuum presente o si es mejor romper con este mediante el toque suicida. La jugada individual además adquiere los tintes colectivos observados por Durkheim para el problema del suicidio. El toque suicida de uno se torna potencialmente en un toque suicida originado en un “nosotros” y con consecuencias para ese “nosotros”.
La cuestión referida puede ser llevada a extremos insospechados cuando hay dos outs en la pizarra, o más aún, cuando ya hay dos strikes en contra del bateador, y cuando el corredor encima es lento de piernas, como era el caso de John Kruk en la Serie del Caribe de 1986. ¿Pero qué puede empujar a un mánager o a un bateador a una decisión de este tipo? ¿Liberarse del estado actual de cosas? ¿Sorprender al rival mediante un pensamiento más allá de la totalidad presente? ¿Realmente se trata de un pensamiento desde la exterioridad o de un pensamiento heterodoxo? ¿El toque suicida, al emplear el factor sorpresa, no contiene la paradoja de reducir el carácter de suicida de la jugada? Más todavía, si el arte de la guerra es el arte del engaño (Sun-Tzu dixit), ¿no es el squeeze play el súmmum de una guerra de liberación? Una teoría del suicidamiento pretendería dar respuestas a estas y otras preguntas similares, a la vez de ofrecer un marco de referencia para tratar problemas más abstractos.
El toque suicida permite hablar en términos de metáforas de liberación –además de ser por sí mismo una estrategia de liberación– y de re-presentaciones heroicas y mesiánicas. La ejecución afortunada de ese tipo de jugadas ha permitido la construcción de leyendas capaces de persistir en la memoria. ¿Pero quién recuerda las jugadas fallidas? Esto ya es materia aparte. El toque suicida fallido representa un cierto drama muy particular: sus actores ni siquiera pueden considerarse los oprimidos de la historia. Un toque suicida fallido no cuenta con el prestigio de un error fatal, como sí lo tiene un error de fildeo a lo Bill Buckner, dejando escapar la bola en la Serie Mundial de 1986. No, un toque suicida fallido pertenece al campo de los actores excluidos y olvidados de la historia, no por falta de valor en el acto, sino porque en el fondo el mesianismo y el deseo de liberación inherente a la naturaleza humana no pueden aceptar el fracaso de un intento de ruptura con el tiempo continuo del sistema dominador. El toque suicida fallido está destinado a un falso olvido: no dará nunca lugar a una enciclopedia histórica o a una arqueología de los fallos de ese tipo, pero estará siempre presente, como un dispositivo disimulado capaz de re-articularse en el futuro bajo la tradición de aquellos toques que corrieron con mejor suerte en el pasado. Quizá en el fondo sea como apuntaba Walter Benjamin: “Hay que definir la imagen dialéctica como el recuerdo obligado de la humanidad redimida.”

Texto publicado originalmente en la revista electrónica “Aldea”.




* Ya en otros textos (consultar el libro “Dime que no fue así, Joe”) hemos planteado la existencia de una filosofía y de una teología beisbolera. De forma un tanto simplista, podríamos resumir dicha pretensión en que en el Juego de Pelota existe una suerte de amor a la sabiduría y de ciertos cultos que rebasan lo profano.
** Liberación en tanto determinación, y por ende, en tanto negación. Una determinación implica la negación de todas las demás posibilidades. El suicidio niega la vida en tanto esta ya no es considerada digna por el suicida, con lo cual este pretende negar las negaciones de la vida, aunque al final es posible que sólo termine por afirmar la nada. Chocar de cara con la nada es el riesgo propio de cualquier pretensión de liberación.

jueves, 24 de noviembre de 2011

LA OTRA EJECUCIÓN DE DIOS


El 17 de enero de 1918, a las 6.30 horas de un helado día, Dios fue ejecutado de nuevo –la primera vez, así lo refiere la ortodoxia, fue en la colina del Gólgota. La sentencia: cinco ráfagas de ametralladora contra el cielo de Moscú.

Anatoli Vasílievich Lunacharski, el nuevo Pilatos, sonreía. No habría resurrección. No era posible la resurrección. El hecho es irrefutable, mas no por las razones supuestas inicialmente por Lunacharski. Dios, o mejor dicho su manifestación terrenal, dormía a pierna suelta en otro lugar y en otro día. Emprendamos el examen de los motivos, no sin antes apuntar los antecedentes de tan peculiar ejecución.

Lunacharski, según las abstractas fechas imputables a todo hombre, nació en Poltava, Ucrania, al parecer en algún día de noviembre de 1875, y murió el 26 de diciembre de 1933. Lunacharski se desempeñó como dramaturgo, crítico literario y político, es decir, en profesiones cada vez más vulgares. Se convirtió al comunismo a la edad de 15 años. Desde luego puede argumentarse que Lunacharski no fue comunista, pues en un sentido ideológico el único comunista auténtico murió hace siglos en una cruz a manos de los romanos.

Tras diversos encuentros y desencuentros con los rabiosos bolcheviques y hasta con los mencheviques, en 1907, Lunacharski publicó el folleto “Sobre la actitud del Partido ante los Sindicatos”, con prólogo cortesía de Lenin. En 1913, Lunacharski viajó a París, donde fundó un Círculo de Literatura Proletaria. Posteriormente, en 1917, se unió de nuevo a los bolcheviques, quienes terminarían haciéndose del poder en Rusia con la bien conocida Revolución de Octubre y la muerte de la familia imperial.

Después de la Revolución de Octubre, Lunacharski se desempeñó como Comisario de Instrucción para el Narkompross (Comisariato Popular para la Instrucción Pública) desde 1917 hasta 1929. Como bien lo precisa Gregorio Luri en “El Café de Ocata” (http://elcafedeocata.blogspot.com/): “ [Lunacharski ] se decidió a cantarle las cuarenta al Dios de toda la vida. Lo llevó a juicio, acusado por múltiples crímenes contra la humanidad. Como Dios no se presentó ante el tribunal, se puso una Biblia en el banquillo de los acusados para que lo sustituyera. Los acusadores acudieron cargados con la completa historia de la humanidad como prueba irrefutable. Los defensores sólo pudieron alegar la eximente de la senilidad. Ante la contundencia de las pruebas, Dios fue declarado culpable.” El resto de la historia ya la conocemos. ¿Pero murió Dios? El requisito primero para una resurrección es la muerte previa del individuo, en este caso, de la divinidad.

El concepto teológico, filosófico y antropológico de Dios suele centrarse en la idea de una suprema deidad. Algunas concepciones de Dios hablan de una realidad eterna, trascendente, inmutable y última, en contraste con el universo visible y continuamente cambiante. En no pocos casos, en las diversas doctrinas teológicas, Dios es imaginado como una fuerza de la naturaleza o como un ente consciente que se puede manifestar en un aspecto natural. Tenemos por ejemplo el caso de Jesucristo, a quien se le atribuye la naturaleza del hijo de Dios, la manifestación del verbo en la carne humana, en una suerte de pobre metáfora de sujeto y predicado.

Me declaro indigno de terciar en todas esas controversias teológicas y poéticas, pero en todo ello no deja de ser extraño el cómo se pretende emplear el lenguaje humano para abarcar entidades, que de existir, estarían más allá de todo significado conocido, pues “no nos damos cuenta de la prodigiosa diversidad de juegos de lenguaje cotidianos porque el revestimiento exterior de nuestro lenguaje hace que parezca todo igual”, como lo indicaba Ludwig Wittgenstein.

Supongamos es posible echar mano de la metáfora como vehículo para expresar la manifestación de una divinidad, y para cuestionar al mismo tiempo si es posible que ésta haya sido fusilada en Moscú el 17 de enero de 1918, a causa de un proceso amañado e instigado por Lunacharski. En todo caso. el juicio mismo sería ya una metáfora.

Discernir sobre una nueva ejecución de Dios en la fecha señalada es al mismo tiempo discernir sobre lo imposible. La realidad eterna, trascendente, inmutable y última, es decir, el arcano por excelencia se manifestaba ya entonces en el Juego de Pelota. Sí, en ese algo tan cotidiano como la realidad geométrica del Béisbol, pues si Dios ha de existir y merecer ante si mismo justificación, aún y cuando Dios sea inexpresable, debe manifestarse en lo cotidiano, pues de lo contrario, si se limitara sólo a manifestarse en lo excepcional, el concepto de Dios estaría supeditado sólo a las vulgares leyes del azar, de la estadística y de la economía. Después de todo, lo maravilloso o lo grande no necesariamente es lo excepcional.

¿Cuáles es entonces la interpretación de la muerte de Dios? El postulado de la realidad es liso y llano. La mañana del 17 de enero de 1918 en Moscú, era apenas la noche del 16 de enero de 1918 en los Estados Unidos. La manifestación más concreta de Dios en ese entonces dormía en su habitación. Estoy hablando de Walter Perry Johnson (Humboldt, Kansas, 6 de noviembre de 1887 - Washington D.C., 10 de diciembre de 1946), el mejor lanzador derecho de la historia. No es un asunto de cursilería o vindicación beisbolera, sino un hecho verificable –y el universo de la causalidad requiere de hasta el menor de los hechos para explicar cualquier fenómeno.

Walter Johnson fue el segundo hijo del matrimonio de Frank y Minnie Johnson, un par de granjeros. Nuestro personaje creció así entre los verdaderos pilares de la humanidad, es decir, entre aquéllos capaces de producir abrigo y alimentos, en lugar de palabras, discursos y muertes.

En la escuela secundaria, el joven Walter jugó al Béisbol en diferentes posiciones. La velocidad de sus lanzamientos empezó a llamar la atención, de tal modo que a los 17 años ya era lanzador en la liga semiprofesional de la “Idaho State League”, donde lo vio el manager de los Washington Senators, Joe Cantillon.

A regañadientes, Cantillon se llevó a Johnson a la gran ciudad. Ahí desde un inicio, deslumbró a todos con la velocidad de sus lanzamientos, incluyendo a un pelotero de nombre Ty Cobb.

El equipo de Washington apestaba, por decir lo menos, pero en 1912 logró el segundo lugar de la Liga Americana, gracias a los números de Jonhson: 32 victorias, 303 ponches, y un cociente de carreras limpias admitidas de 1.39. En 1913, Johnson fue el Jugador Más Valioso de la Liga Americana. En los años 1913, 1918 y 1924 ganó la Triple Corona como lanzador y, en 1916, no concedió ningún cuadrangular, una marca aún vigente.

Por si no fuera suficiente, a lo dicho habría que añadir que Johnson es el líder de todos los tiempos en blanqueadas con 110 y en 10 años consecutivos (1910-1919) logró, al menos, 25 victorias. En 1924 los Senators llegaron a la Serie Mundial. Esa temporada. Johnson encabezó departamentos de carreras limpias, victorias obtenidas y ponches (2.72, 23-7, 158,). Los Senators comandados por Johnson lograron adjudicarse la corona frente a los New York Giants en siete juegos. En 1925 nuevamente los Senators llegaron al Clásico de Otoño, pero no pudieron repetir el campeonato.

Los lanzamientos de Johnson eran vertiginosos, formidables rápidas de 97-99 millas por hora. No por nada le llamaban el “Big Train”. Los bateadores se enteraban de que había lanzado sólo porque escuchaban el cantar de los strikes, una tras otro hasta acumular tres. Sin embargo, Johnson no era un demonio de la loma, sino un Dios, no sólo del Béisbol, sino del Respeto. Nunca insultó a alguno de sus compañeros, ni protestó alguna mala decisión, ni intimidó con lanzamientos malintencionados a los bateadores, a pesar de ser el líder de todos los tiempos en bateadores golpeados (203).

La última temporada de Johnson fue la de 1927, debido a la lesión en una de sus piernas. 21 años de carrera y 417 victorias, marca solo superada por Cy Young. Walter Johnson murió a los 59 años de un tumor cerebral. Leyeron bien. Walter Johnson murió, pero no la manifestación divina en el Juego de Pelota, pues hablando en términos teológicos de muertes y resurrecciones, en el Béisbol siempre habrá un nuevo día y nuevas ráfagas a los cielos de más lanzamientos y batazos.

miércoles, 4 de mayo de 2011

BEÍSBOL Y FILOSOFÍA



Raymond Angelo Belliotti, profesor de la Universidad Estatal de Nueva York publicó un formidable libro de su cosecha donde se aborda el paralelismo entre béisbol y filosofía.
La dinámica del libro torna en un gozo mayúsculo la lectura: se compara vida y filosofía de grandes peloteros y grandes filósofos. La intensidad de la mente de Ted Williams trae reminiscencias de Albert Camus y del Mito de Sísifo, porque el legendario bateador construía un camino de grandeza en cada temporada que se derrumbaba en los grandes juegos de Serie Mundial o de lucha por el banderín. Por su lado, la obsesión competitiva de Billy Martin recuerda a la del Príncipe de Nicolás Maquiavelo, donde la política es siempre un juego de suma cero, es decir, donde lo que ganan unos es siempre a costa de lo que pierden otros. No menos acertado, la filosofía campechana de Satchel Paige es comparada con la sabiduría de Marco Aurelio. Las múltiples facetas de Joe DiMaggio a su vez son equiparadas con la complejidad de la doctrina de Nietzsche. De modo similar, son analizados los puntos de conexión entre Joe Torre y Aristóteles, Jackie Robinson y Antonio Gramsci, Mickey Mantle y Santo Tomás de Aquino, John Franco y William James, José Canseco y Emmanuel Kant.
En definitiva, el profesor Bellioti ha escrito un claro ejemplo de cómo la filosofía se encuentra en el béisbol como en la vida misma y de que por lo tanto el estudio de aquélla es algo al alcance de todos, a única condición de abrir la mente al razonamiento y a las diferentes perspectivas de lo real-imaginario.

“Watching Baseball, Seeing Philosophy: The Great Thinkers at Play on the Diamond”
Raymond Angelo Belliotti
Editorial McFarland
198 pp.
Disponible en Amazon.com

miércoles, 9 de septiembre de 2009

CRÍMENES EJEMPLARES DEL BÉISBOL II


¿Qué me ven? Si tenía razón Don Drysdale: Para qué le voy a regalar cuatro lanzamientos al bateador en una base intencional, si de un solo lanzamiento le puedo dar la base y además un buen madrazo.

*

Quien avisa no traiciona y yo se lo dije clarito cuando le vi clavando los spikes en la caja de bateo: “Cava bien ese hoyo porque ahí te voy a enterrar.”

*

Se quedó esperando la recta el muy iluso. Bien torcido de la cintura quedó con el sinker que le clavé abajito, abajito.

*

Soy el señor ampáyer y lo eché porque dijo sentirse mal. Era preciso actuar de esa forma. No hay nada de que extrañarse. Cuando le canté el tercer strike abajo y en la esquina, me miró y me habló con palabras entrecortadas… sí, entrecortadas, algo así como los moribundos: “Estoy enfermo de tus putas decisiones”. Y a la calle, faltaba más, para que lo atendieran los médicos.

*

No fue adrede. No me dejaba acercarme al home. A pura rápida pegada me traía. No me permitía batear a gusto por mi banda. Hasta me tiró una bola a la altura de las orejas. Yo sólo me eché más pa’ atrás y saqué a tiempo el bate. Si al darle con ganas por el puro centro del diamante, qué culpa puedo tener de que su cabeza haya reventado como sandía.

lunes, 20 de julio de 2009

DEL DESCALZO JACKSON Y DEL MÉTODO PARANOÍCO CRÍTICO APLICADO AL BÉISBOL


El poeta James Douglas Morrison proponía a la auto-entrevista como un método de exploración del inconsciente. El administrador de la bitácora, holgazán como es, en lugar de hablar del toque suicida de Nelson Barrera en la Serie del Caribe de 1986 o de los 56 juegos de Joe DiMaggio conectando al menos un imparable, ha optado por fraguar una auto-entrevista en alusión al libro de “Dime que no fue así, Joe”. Vaya descaro, pero he aquí la primicia. La bitácora primero. Ya vendrán después el New York Times, Le Monde, La Afición y el Libro Vaquero.


“Dime que no fue así, Joe”. ¿Por qué ese título?

Es en recuerdo del Descalzo Jackson, el gran pelotero, corrijo, el sublime artista de la pelota, damnificado de la investigación acerca de los peloteros de los Medias Blancas que se vendieron a los apostadores en la Serie Mundial de 1919. Según la leyenda, al salir de un interrogatorio ante un tribunal, el Descalzo fue abordado por un niño quien le habría preguntado: “Dime que no es así, Joe” (“It ain't true, is it, Joe?”, en inglés). El Descalzo, habría respondido: “Me temo que sí”, a lo cual el niño apuntó: “Bueno, nunca lo hubiera pensado”.

Al Descalzo lo veo como una víctima de sus compañeros tramposos. Probablemente lo enredaron, aprovechándose de que mal sabía leer y escribir. Como quiera que sea, puso grandes números en esa Serie Mundial y es uno de los mejores peloteros en la historia de todo el béisbol. El tiempo, o mejor dicho la gente sensata -porque para el tiempo nada existe-, lo reivindicará.

¿Cómo nacieron las historias contenidas en el libro?

Por pura casualidad. Tenías ganas de hablar de béisbol y a lo mejor traer a colación recuerdos y obsesiones personales. Dicen que de Sinaloa no se puede hablar de otra cosa que no sea narcotráfico. Pero eso es falso, Sinaloa, además de mujeres ubérrimas, tiene otras bondades. El béisbol es una de ellas. Aproveché el espacio de una bitácora personal en Internet. Se suele identificar a los llamados Grandes del Béisbol: Babe Ruth, Mickey Mantle, Joe DiMaggio, Willie Mays y Roberto Clemente, pero hay otros estupendos peloteros cuya memoria merece permanecer en el inconsciente colectivo. Me enfoqué a esos otros dioses menos conocidos. Aunque decir “menos conocidos” es un albur, pues muchos de ellos son verdaderas leyendas del Juego de Pelota.

Al leer el contenido de “Dime que no fue así, Joe”, da la impresión de que los textos penetran en la médula del béisbol. ¿Acaso practicabas este deporte?

Sí, si a batear .180 de porcentaje y mostrar un fildeo decoroso se le puede llamar jugar béisbol. ¿Por qué siempre me han de preguntar acerca de esto? La verdad era muy, pero muy malo con el bate. Pero más que jugar, idolatré (y aún idolatro) a muchos peloteros, aún y cuando no siempre los haya visto en acción, por no ser de mi época. Y mira, la filosofía y la literatura se suelen abocar a los temas excelsos o épicos como el amor, la muerte, la guerra, etc. Para mí el béisbol no se queda atrás en cuanto a magnanimidad, de hecho, la historia del nacimiento de los ritos o de las religiones guarda pleno paralelismo conceptual-telúrico-dinámico con el desarrollo del béisbol. En lugar de Atila o de Julio César, ahora tenemos a Manny Ramírez y a Derek Jeter. Y Billy Martin en su momento fue como una suerte de Montaigne atómico-televisivo.

¿Cómo definirías el estilo del libro?

Como lo dice el merchandising, el libro es un homenaje borgiano, ontológico, filosófico, teológico, paranoíco-crítico-daliniano,ultra-poético y literario al béisbol y a la memoria impolutamente beisbolera del descalzo Jackson.

¿Te agrada algún texto en particular de tu libro?

Como autor poco importa lo que me pueda agradar, los textos ya no son míos, sino de los lectores, pero como lector me gustan el texto del título y también el de “Jaime Orozco y el hombre que nunca estuvo ahí”, el cual fue el primero que escribí. Claro, aún me provoca risa leer cosas como “Will Clark y la conciencia de lo imposible” o “Mi padre, el nacional-socialismo, los cortes de pelo y Andy Van Slyke”, por las referencias personales total y absolutamente ineludibles. A mi mamá también le causó gracia la historia de los cortes de pelo.

En algunos textos, y los dos últimos mencionados pueden ser buenos ejemplos, uno va leyendo lo que en apariencia es una crónica chabacana al estilo de “La serie de los años maravillosos”, pero de repente se encuentra uno con un humor ácido cargado de elementos perturbadores. ¿Por qué el uso de situaciones o imágenes políticamente incorrectas?

Por joder. Así es la vida, quiero decir en la vida normal, cualquier cosa está cargada de elementos perturbadores. Simplemente sal a la calle, si te descuidas, te pueden atropellar al cruzar la acera. O en el estadio, si te descuidas, un batazo de foul te puede dar de lleno. Uno debe mantenerse alerta.

Hay en la obra muchas referencias literarias: Kerouac, Whitman, Ashbery… ¿Es algo premeditado?

Claro, mentiría si sostuviera lo contrario. Se suele pensar en el mundo del arte como en un nicho intelectual mistificado y separado del deporte, pero al final de cuentas arte y deporte son manifestaciones culturales de los seres humanos. Menciona cualquier figura literaria. ¿James Joyce? ¿Kafka? ¿García Márquez? ¿Phil Roth? ¿El crítico Harold Bloom? Le duela a quien le duela, culturalmente hablando para nuestra época ellos no son más importantes que los grandes peloteros. Pero no sólo eso, a Babe Ruth lo recordarán hasta al final de los tiempos tanto como a Shakespeare. Ambos eran unos genios, uno del bate, otro del verso. Yo habría firmado antes de nacer haber tenido talento para alguna de esas dos expresiones culturales. ¿Quién no?

En las pocas referencias políticas del libro, los políticos no parecen salir bien librados. ¿Es así?

Bueno, el único sitio en donde puede salir bien librado un político es en algún texto o discurso o libro escrito por fanáticos o escritores pagados. ¿No es así? Simplemente ve el drenaje de tu colonia, y da igual en qué lugar o ciudad de México vivas, es lo mismo, llueve y las calles de inundan. Si me dices que con Benito Juárez no pasaba eso, te diré que estás equivocado. Y eso es un ejemplo bastante sencillo. Ahora bien, nada más no te metas con Porfirio Díaz ni con Adolf Hitler, porque a mi papá no le va a gustar nada eso. ¿O no leíste esa parte del libro?

¿Qué le dirías a quien se sienta traicionado porque en tu bitácora todos los textos pueden leerse de forma gratuita y ahora tienes un libro en venta?

Debo aclarar el punto. Yo no voy a recibir regalías ni dividendos por la venta del libro. Por lo tanto, no me estoy uniendo al tinglado capitalista. Y si lo hiciera algún día, ¿qué más da? Pero en este caso, todo lo que se recaude en ventas será para las arcas del Instituto Sinaloense de Cultura con el fin de que se puedan seguir imprimiendo más libros de otros autores y para que se siga fomentando la lectura y la cultura en Sinaloa. Es decir, el propósito, de mi parte, es meramente filantrópico y beisbolero. Hay quienes nunca han leído la bitácora y ahora pueden leer las historias en formato de libro. Mi padre a su edad no puede ya leer por si solo, ha perdido parte de la vista, mácula degenerativa, algo así, pero mi mamá ya le leyó el libro. Eso está bien, ¿no?

Por otro lado, lo admito, yo recibí algunas copias del libro y las he estado vendiendo, pero también he regalado un montón. Pero vamos, no me voy a hacer rico ni mucho menos, aunque el otro día vendí 16 copias en Guadalajara. Hey, es más como un reto, imagínate vendí 16 copias de un libro de béisbol en una ciudad futbolera. Con algo de suerte, para algunos mi libro podría ser una especie de medicina anti-pambolera.

Lo que sí me gustaría es que se apoyara la edición de más libros sobre béisbol. Sigo pensando en una edición de lujo de la historia de la Liga Mexicana del Pacífico de parte de don Alfonso Araujo. El día que eso suceda, yo voy a querer que me autografíe uno. Te lo digo sinceramente, ese libro me causaría mayor emoción que si me trajeran una pelota autografiada por Alex Rodríguez.

Nos vamos a extrainnings. Algo que quieras agregar.

Gracias y que aún y cuando les falta pitcheo y están más fuertes Boston y Los Ángeles, ojalá los Yankees ganen la Serie Mundial. Que dios los bendiga (a ustedes y a esos endemoniadamente benditos Yankees).

sábado, 3 de enero de 2009

ANGELUS BEISBOLERO


Oración compuesta por la Iglesia Yankee para recitarse tres veces al día, mañana, mediodía y ocaso, en honor de la Encarnación del Verbo del Béisbol. El texto consta de tres versículos y respuestas y una oración rematada por una letanía final.

V. El Ángel del Béisbol anunció el line-up.
R. Y anotamos por obra del cuadrangular.
V. He aquí la loma de los disparos.
R. Hágase el cero a través de nuestro pitcher.
V. El Verbo se hizo gane.
R. De la Serie Mundial.

ORACIÓN

Te rogamos, Señor, que infundas
tu gracia en nuestros jonrones
para que los que por la Anunciación
del Ángel hemos conocido la
Encarnación del Babe, tu hijo,
por su Bate y Guante, seamos
llevados a las glorias de Octubre
por el mismo Babe, nuestro gran bateador. .
Amén.

Dios no da, pero cuando da, da en grande.
Amén.

viernes, 26 de diciembre de 2008

BORGES Y EL BÉISBOL


Cuando uno revisa la lista de los escritores galardonados con el Premio Nobel de Literatura no puede uno sino pensar en que al menos la mitad de ellos palidece ante el talento del argentino Jorge Luis Borges. Con esta frase no pretendo iniciar crítica alguna, sino simplemente realzar el hecho de que el Nobel, esa medalla del establishment, no mereció a alguien como el gran Borges.
Borges se caracterizó desde muy temprana edad por su cercanía con la cultura anglo-sajona, sobre todo la inglesa (su abuela materna era originaria de la isla) y en menor medida la norteamericana. Por ello no ha de extrañar que Borges tuviera una idea acerca del Juego de Pelota que tanto atraía a los paisanos de Walt Whitman.
A continuación reproduzco un intercambio de ideas sostenido en la ciudad de los sueños entre Borges y un periodista del New York Times.

Borges, ahora mismo en este país Mantle es más importante que Hemingway. ¿Qué piensa de eso?
Eso delata nuestro siglo. Defender la razón siempre ha sido una ambición humana, pero yo no sé si la literatura nos ha hecho razonables. En cambio, la historia real es una historia militar. O en todo caso, lo que llega a nosotros es eso. De algún modo el béisbol es dramático y tiene un valor estético. Es una suerte de libro raro que se escribe a la vista de los espectadores. Algunos llegan al final llorando. Recuerdo que eso me sucedió al leer acerca de las guerras púnicas.

Como siempre, lo conmueve lo épico.
Sí, precisamente, aunque como sabe yo ya no puedo leer por mi mismo a causa de mi ceguera, muchos menos seguir un match de béisbol.

¿Alguna vez pensó en que el béisbol da la impresión de que guarda, como su escritura, Borges, una estricta fidelidad al orden?
Me gustaría saber cuál orden (ríe).

Bueno, es un orden que preside, naturalmente, su escritura y sus actos.
Mis actos, yo no sé. La verdad es que he obrado de un modo tan irresponsable. Mi vida es bastante casual, y trato de que mi escritura no sea casual, es decir, trato, bueno, de que haya algo de cosmos, aunque sea esencialmente el caos. Como puede ocurrir en el universo o en el béisbol, desde luego. Hay cierto orden, pero un orden… bastante pudoroso, bastante secreto, sí.

Ese orden en el béisbol sería el sabor de lo épico.
Puede ser. Hay un sabor de que nuestro tiempo no suele percibir el elemental sabor del heroísmo. A mí curiosamente me conmueve más lo épico que lo lírico, o que lo elegíaco. A veces yo he llorado leyendo algo. Así que supongo que alguien puede llorar tras un match de béisbol. Quizá los aficionados al béisbol buscan la épica que no les depara su vida cotidiana. Sería un destino fatalmente suyo.

La alarma que crea la belleza del juego, digamos.
Sí, la alarma que crea la belleza, ya que la belleza es una forma de alarma o inquietud, en todo caso.

Sobre todo si recordamos aquella frase de Platón, en el Banquete, que dice: “Orientado hacia el inmenso mar de la belleza.”
¡Ah!, es una linda frase. Sí, parece que son palabras esenciales. El aficionado es al final un lector de la belleza.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

DE MI BREVE ROMANCE CON EL CUADRANGULAR


Algunos desean o desearon acostarse con una joven Brigitte Bardotte. Algunos desean beber una botella de Petrus a la luz de la luna de Valencia. Algunos desean tener la primera edición de “Las Iluminaciones” de Jean Arthur Rimbaud. Algunos desean haber sido Jimmy Hendrix. Algunos desean haber sido Salvador Dalí. Algunos, como yo, desean batear un cuadrangular. En esto último varían las circunstancias: en la novena entrada, en la serie mundial, en el Yankee Stadium, en un enfrentamiento improbable ante Steve Carlton o en todo lo anterior reunido. Yo limito las vanas circunstancias a su esencia: simplemente botarla de home-run.
El cuadrangular es ante todo un acto de voyeurismo para el espectador. Es el andamiaje de la barbarie en nombre de la belleza. ¿Cómo no anhelar el retacar la pelota más allá del campo del béisbol? La adición de la unidad al infinito. Las mil y una noches.
De pequeño era malísimo para batear. (Aún lo soy, pero ahora por lo menos puedo culpar a mi vista en decadencia). En aquel entonces me cuestionaba sobre el qué sentirían los grandes sluggers cuando mandaban la pelota a dormir en las gradas. Recuerdo sobre todo los macanazos salvajes de Willie Aikens, Nelson Simmons, Roy Johnson y Lalo Jiménez cuando visitaban el Ángel Flores. Bueno, en realidad, admiraba hasta los cuadrangulares galleteros del almirante Nelson Barrera, los tumba-bardas sorpresivos de Darrell Sherman y las cuchareadas sabrosas de Ray Torres. Todo lo que oliera a estacazo de cuatro esquinas estaba hecho para mí de la sustancia de la que se conforma lo imposible.
En la escuela primaria durante los recesos jugábamos béisbol con una pelota de tenis. El patio era pequeño, por lo que no usábamos bates para darle a la bola, sino nuestras manos a puño limpio. Yo siempre la mandaba hasta la calle, pero bajo las reglas del juego eso era considerado out, pues era un fastidio brincarse la barda para ir afuera por la pelota. En cambio, era considerado cuadrangular darle a un tablero de baloncesto que se encontraba en los jardines. Nunca di un cuadrangular: me encantaba darle a la bola con la fuerza de un Julio César Chávez conectando un gancho al hígado. Así que por lo general conectaba un doblete contra la barda o era out por regla (la regla descrita).
Por su parte, en las ligas infantiles la cosa no iba mejor. Era poco común que me embasara a batazo limpio. Si no me ponchaban (y eso era raro, rarísimo), llegaba a la primera tras negociar base por bolas. Era una pena ser tan mal bateador, porque eso me condenaba a la banca a pesar de poseer un formidable fildeo y de contar con un brazo más que temible. Y hablo de mi fildeo, porque me eduqué en la vieja escuela de los jugadores de cuadro, esto es, no dejar pasar ningún batazo bajo ninguna circunstancia. Para mí era (y es) inaceptable llegarle a los rodados de ladito. “Cosa de señoritas”, diría mi padre.
Pero no bateaba nada. Y si no se batea no se puede jugar. Y si no se juega no se puede conectar de home-run. Así se simple. Ello está escrito, dicen, en la República de Platón.
Y de verdad me daba envidia el ver a mis compañeros de equipo recorrer las bases tras dar un palo de vuelta entera. Vaya, hasta el Kiko que era malísimo se la botó una vez. Ya ni menciono al Héctor Aguilar (sí, el hijo del huevo Aguilar) que parecía que no sabía batear otra cosa que cuadrangulares. Al carajo, dejé de jugar (pero no de ver) béisbol por un tiempo. En cuanto a la envidia, esta es un sentimiento subestimado. A través del pleno dominio y comprensión de la envidia llegué a sentir empatía por el Satanás del “Paraíso Perdido” de Milton.
Años después, ya en la escuela secundaria acaso aprendí a chocar la pelota y a ser un bateador respetable, por lo menos en los juegos amistosos. Pero seguía sin poder macanear la pelota. Parecía estar escrito que mi destino era el de nunca mandarla atrás de la barda.
Pero un día…
Era la escuela preparatoria. Estábamos jugando alumnos contra profesores. No era en un campo de béisbol -porque en el que queríamos jugar estaba ocupado- sino en un campo de fútbol. Jugar béisbol en un campo de fútbol es algo francamente extraño. Debe ser algo así como bailar un vals en medio de los fogonazos del campo de batalla. El home se encontraba en uno de los puntos de tiro de esquina, de modo que las líneas de cal se dirigían a dos rocas que hacían las veces de primera y tercera. Otra roca más hacía de segunda.
Con hombre en primera y dos outs, vine a batear. Estaba tirando el profesor Osuna, quien tenía un saco de artimañas: curvas, cambios, parábolas, elipses. Por algo era el profesor de física.
No sé que diablos me tiró en los dos primeros lanzamientos, pero me hizo abanicar feamente. Toda la frustración bateadora de mi infancia se me vino de golpe. Desde la segunda el profesor Rosalío le grito al profesor Osuna: “Tírale algo fácil para que le pegue. Queremos jugar también.”
Osuna casi burlón me tiró una recta de humo. Y digo de humo, porque humo fue lo que echó la bola cuando se la retache hasta la otra esquina del campo de fútbol (medidas oficiales). Me quedé de pie mirando volar la pelota. Iba alto, alto, y parecía que no iba a caer nunca. El fuselaje del aire se desbarataba en pedazos. Islas de silencio flamígero abarcaban el instante hasta que alguien me gritó y eché a correr.
Ese batazo en cualquier estadio habría sido home-run, pero pues no había barda, así que tuve que correr como jamelgo en estampida hasta llegar al delirio furioso y delicioso del home.

jueves, 4 de septiembre de 2008

ALARIDO


Una adaptación beisbolera del poema “Aullido” de Allen Ginsberg:

Yo vi a los mejores fanáticos beisboleros de mi generación abandonados por su equipo, furiosos, delirantes entre las inagotables mieles de la derrota,
avanzando hasta tocar fondo en el standing , buscando un poco de cerveza para abatir la exultante marejada del desastre,
astutos seguidores de otros equipos acariciaban el éxtasis de una intoxicación verbal tratando de despojar a los otros de su último salvoconducto hacia el orgullo,
los otros, quienes con su casaca bien puesta se cruzaron en el camino de transeúntes burlones y camioneros que no se dignaban a hacerles la parada,
quienes en sus oficinas y salones de clases se agachaban en la ventana esperando que nadie les viera y dando así una oportunidad para alojar en sus cuerpos el sentido de la paranoia,
quienes nacieron a finales de los setenta y en una situación más que improbable se atrevieron a afirmar: 1978, sí, yo fui testigo del cuadrangular de Chucho Sommers sobre el barbado Stanfield; que más da, todo Culiacán estuvo ahí,
quienes corrieron por los túneles del estadio Ángel Flores perseguidos por hordas de seguidores de los venados de Mazatlán, tan grandes como policías judiciales de vientres redondos; enormes ratas humanas desplazándose ruidosamente y armados de interminables panales de avispas y bolsas de meados,
quienes fueron también perseguidos por los boleteros del estadio y se treparon a las lámparas para mirar el juego de béisbol, usando la estructura metálica como si fuera un interminable pasamanos hacia el infinito y que al final se sentaron en la parte más alta mofándose de los inútiles guardianes,
quienes lloraron y se sumieron en una prolongada y minuciosa depresión ante los triunfos de los naranjeros de Hermosilo, pero con el inmejorable placebo de verlos caer una y otra vez durante las Series del Caribe,
quienes comprendieron las albéntolas de las que pende una pitchada; ellos mejor que nadie para explicar que en este juego el azar no es elemento más, sino la sustancia misma de la realidad,
quienes durante los momentos de abatimiento hicieron de sus butacas una suerte de depósitos mortuorios donde no concurrían la compasión y el cambio, nada más universal que dejar el alma a la noción del vacío,
quienes al meditar sobre el béisbol se enfrentaban a los misterios de la cólera, los celos, el amor, pero sin queja alguna de este mundo de días pálidos y pequeños destellos que a fuerza de ser breves forjan la eternidad,
quienes al discutir de béisbol revistieron la forma de poetas malditos capaces de liarse a cuchilladas por su derecho a la cacofonía; ellos, simples hombres hostigados por el alcohol, los medicamentos y el pago de impuestos, pero que ahora eran revolucionarios, personajes de la crónica fáctica de alguna aventura real y no meros sexos almidonados con una pastilla,
quienes durmieron bajo la helada termodinámica de la noche y la intemperie, esperando así resguardar su lugar en la taquilla para comprar un boleto para la serie final.
quienes se desbarrancaron desde los bleachers al tratar de invadir el terreno de juego cuando Benjamín Gil, el matador, dio el batazo del gane para los Tomateros de Culiacán, vengando así la afrenta de la temporada anterior; en verdad sucedió, se fueron directo al dugout a emborracharse con el resto de la tropa y su hazaña no mereció ni una foto para el periódico Noroeste como aficionados del año,
quienes fueron los primeros en darse cuenta que por lo menos nosotros, los beisboleros mexicanos, abandonamos en Quisqueya, ese espíritu tercermundista y subyugado que caracteriza a la incruenta y voraz mass-media del fútbol; 1996, qué gran año,
quienes esperaron durante horas y horas al lado del restaurante Chic’s no para comer enchiladas suizas, sino para asediar en la entrada al almirante Nelson Barrera sólo para pedirle un autógrafo; su locura no ha sido debidamente registrada en los anales de la no redención,
quienes fueron patrocinados por un mafioso al que confundieron con el cuarte bate del equipo y vivieron durante tres días en una cantina de mala muerte hasta que alguien encontró el cadáver baleado de un tipo en los mingitorios, la policía llegó y no hubo más chela gratis,
quienes se la pasaron abucheando por años enteros al jardinero central Ray Torres, del cual mantenían un inmenso póster pegado en las paredes de sus habitaciones, justo al lado de las imágenes de Reggie Jackson y Fernando Valenzuela,
quienes se detuvieron a la mitad de un imposible examen final de química de la escuela preparatoria para pensar: “Esta noche hay béisbol” y sin más aventaron las hojas a las narices del maestro y se largaron directo al estadio,
quienes se prometieron a sí mismos saber más de este juego que el mismo Mago Septién, indagando así todas las palabras, frases, discursos, poemas, estampitas, comerciales, diarios, novelas, panfletos, folletos, baladas, epopeyas, libros de texto, archivos, bibliografías con el sonido “béisbol”;
todo esto revela la profundidad del juego de pelota para todos aquéllos que hasta el final de sus días soñarán con pegar como Joe Carter de los Blue Jays el cuadrangular decisivo en el último juego de la Serie Mundial,
con el inveterado sabor de la nostalgia en el corazón, arrojada de sus propios cuerpos sobre la lomita de los disparos de la vida misma.

viernes, 15 de agosto de 2008

EN EL MONTÍCULO


Existe un vasto y secreto sistema de correspondencias entre la vida y el béisbol. Probablemente las metáforas sean una de las vías para unificar en términos lingüísticos dos realidades distintas que se nutren de la misma fuente, la condición humana. Por ejemplo, es común expresar el proceso de la conquista amorosa en términos beisboleros: “Llegué a primera base”; “Me poncharon sin tirarle”; “Anoté de caballito”; “Me fui hasta la registradora”; por citar algunos ejemplos. Desde luego, el espacio en esta bitácora sería insuficiente para explicar a detalle la complejidad de esos peculiares códigos de expresión, así que mejor los dejo con un poema de Francisco Hernández, quien en su texto de alguna manera reafirma la tesis aquí sostenida:

Mira a diestra y siniestra. Tira. Porque el amor se atiene a la certeza. No a la duda. No al azar. Out. El que sigue. Orden de bateo. Ella, la querida, pone y quita el arma. Quien lo ve todo desde el montículo, tira. La flecha no da en el corazón. Alguien que grita lleva el mando. El amor es entre dos. Se embasa. Tira. El mensaje cae en el jardín. Lo recoge quien debe devolverlo y cerrar el home. Se arroja al agitado, el que lleva el pasaporte. Muerte. Desde el fondo, ya roto el horizonte, el sol emerge. ¿Quién fue el ganador? El alumbrado sólo ve perdedores porque el amor voló la cerca por el lado del catcher. Foul. Tira. EL bat ataca al ave de las alas plegadas. La multitud aplaude y borra con su alarido la historia de amor y muerte que se juega en cada partido. Safe por Dios en las tinieblas.

martes, 15 de julio de 2008

YANKEE STADIUM, EL INTOCABLE


¿Qué por qué no hablo del adiós a Yankee Stadium? ¿Acaso no me he enterado de que se juega el último juego de estrellas en Yankee Stadium? ¿Acaso no sé que van echar abajo a Yankee Stadium después de la temporada 2008? Yo les digo: ¿para qué?
Seré breve. Yankee Stadium no se toca.
Una cosa es abatir, derruir o demoler un montón de ladrillos y otra cosa muy distinta es sostener que Yankee Stadium dejará de existir. Yankee Stadium es inmortal. ¿Cómo olvidar el genio del Bambino, el hombre que a punta de batazos, cual un Miguel Ángel con cincel en mano construyó Yankee Stadium? ¿Cómo olvidar a Miller Huggins? ¿Cómo olvidar la despedida del caballo de hierro Lou Gehrigh? (Lou Gehrigh eras mejor que nadie) ¿Cómo olvidar las glorias de las innumeras Series Mundiales conquistadas? ¿Cómo olvidar los enfrentamientos con los Dodgers de Brooklyn? ¿Cómo olvidar a Joe Louis destrozando a Schmeling, mientras Hitler ante un televisor deletreaba la palabra estupefacto? ¿Cómo olvidar la magia prodigiosa de Mickey Mantle? (Mickey Mantle, el sonido de su bate era una sinfonía) ¿Cómo olvidar al inolvidable Joe DiMaggio? ¿Cómo olvidar la sabiduría de Casey Stengel? ¿Cómo olvidar a la vaca sagrada de Phil Rizzuto? ¿Cómo olvidar los 61 cuadrangulares de Roger Maris? (61 cuadrangulares, por dios.) ¿Cómo olvidar el Juego Perfecto de Don Larsen? ¿Cómo olvidar al ebrio elegante de Billy Martin? ¿Cómo olvidar a ese portento de la loma que era Catfish Hunter? ¿Cómo olvidar los 25 triunfos de Ron Guidry? ¿Cómo olvidar al gran Capitán Thurman Munson? ¿Cómo olvidar al bigotón Don Mattingly? ¿Cómo olvidar a Bernie Williams? ¿Cómo olvidar las ojeras sicilianas de Joe Torre? ¿Cómo olvidar el bate oportuno de Scott Brosius? ¿Cómo olvidar todas las glorias y todas las no glorias, grandiosas también porque sucedieron en Yankee Stadium?
Yankee Stadium forever.

martes, 1 de julio de 2008

13 CLICHÉS DEL BEÍSBOL


Insensato administrador de bitácora. ¿Dónde has estado holgazán? Tienes un deber no sólo para con los gentiles lectores sino para con este mundo tan contaminado de fútbol baladí. ¿No habrás manchado tus ojos de beisbolero impoluto con partidos de la Eurocopa pambolera? Anda, si no tienes nada que decir, por lo menos comenta algo sobre los clichés del béisbol. Si no lo haces, que el béisbol te lo demande.

*

Un “cliché” es una palabreja de origen francés que es utilizada para referirse a un lugar común, es decir, a una idea o expresión demasiado repetida o formularia. El pecado, ante todo, es casi en términos artísticos: la falta de originalidad. Nada más deprimente que la falta de originalidad. El individuo, un ser humano único e irrepetible, rebajado a la categoría de un mero clonador de frases. El reciclaje de la ignorancia, diría un ex profesor.
Yo tengo para mí que en el arte de los clichés, los maestros supremos son innumerables entre el gremio de los políticos, el gremio de los escritores de libros de superación personal, el gremio de los poetas melosos y el gremio de los locutores de fútbol. Y también tengo para mí que esos artistas del cliché son unos verdaderos terroristas que deberían ser proscritos de los medios públicos y enviados a campos de concentración donde se garantice su total y absoluto exterminio. El tema, como se ve, es cosa seria. “Por el bien de todos…”, “Primero los pobres…”, “No descansaremos hasta que…”, “Con X, su familia estará mejor…”, “Tendremos mano dura con los delincuentes…”, “Cumpliré y haré cumplir la ley…”, “Porque X sí cumple…”, “Porque dios dice…”, “La patria es primero…”, “El amor es como una rosa blanca…”, “Jugamos mejor, pero ellos metieron los goles…” "Son mejores, pero en la cancha somos once contra once..", bla, bla, bla… ¿O acaso eso no es terrorismo puro?
Sin embargo, en el béisbol también existen los clichés, los cuales son doblemente abominables: primero, por el hecho mismo de ser clichés y, segundo, porque representan una corrupción o lapsus mental dentro del mundo sagrado del Deporte Rey, deporte caracterizado generalmente por la inteligencia despierta y lúcida de aficionados y peloteros.
He aquí algunas de las frases que deberían ser proscritas de los medios públicos beisboleros, por asemejarse más a las ideas propias de un perro Bermúdez o de un Martinoli que a las de un fino locutor de béisbol:

* “El buen pitcheo mata al buen bateo.”
GLOSA. Razonamiento digno de Einstein. Corolario en reversa: El buen bateo mata al buen pitcheo.
* “Los play-off son otra cosa.”
GLOSA. Y la temporada regular también es otra cosa que al final es la misma cosa: béisbol.
* “Esa fue una jugada de Grandes Ligas.”
GLOSA. ¿Cuáles son las jugadas de ligas menores? Aún más, si quien ejecuta la jugada es un pelotero de Grandes Ligas, ¿cómo no podría ser de Grandes Ligas la jugada?
* “Este es un juego importante.”
GLOSA. ¿Cuáles juegos no son importantes? ¿Deberían mejor no jugarse los juegos no importantes? ¿En el béisbol hay algo que no sea importante?
* “Es un error de novato.”
GLOSA. Y los otros errores, ¿son de veterano?
* “Un veterano como X va a aportar experiencia al equipo.”
GLOSA. ¿Pero aportará béisbol? Esta frase suele ser utilizada para tratar benévolamente a peloteros quemados o en sus últimos días de gloria. Es casi un acto de crueldad el aplicarla.
* “Este juego hay que ganarlo como sea.”
GLOSA. Ganarlo como sea, anotando más carreras que el rival.
* “Le puso mantequilla a esa pelota.”
GLOSA. “Mantequilla” suena a término propio del boxeo: “Aquí viene el ‘Mantequilla” Nápoles con un gancho.”
* “X siempre da el 110%.”
GLOSA. Que le suban el sueldo a ese pelotero un 10% más.
* “Esto no se acaba hasta que cae el out 27” ó “Esto no se acaba hasta que se acaba”
GLOSA. Brillante. Está en las reglas. Por cierto, cuando mi padre escucha esta frase, le viene el color (púrpura) al rostro y maldice al locutor con palabras que aún no están recogidas en el diccionario de la Real Academia.
* “La victoria de hoy fue un esfuerzo total de conjunto.”
GLOSA. Supongo que sí.
* “Es un tremendo pelotero con tremendo bateo y jugando para un tremendo equipo.”
GLOSA. Una maquinaria verbal tremendamente admirable.
* “Este equipo es capaz de anotar muchas carreras.”
GLOSA. Todo equipo es capaz de anotar muchas carreras, pero del dicho al hecho hay mucho trecho. (¡Ups!, ¡un cliché!)

viernes, 2 de mayo de 2008

EL JUEGO DE LA INOCENCIA Y EL CRECIMIENTO (PARTE II)


EL JUEGO DE LA INOCENCIA Y EL CRECIMIENTO
Por Roger Rosenblatt

PARTE II

En la década de 1950 uno de los grandes jugadores de este deporte, Willie Mays, de los Gigantes de Nueva York, hizo una legendaria atrapada de la pelota bateada a la parte más profunda de uno de los estadios más grandes, que se alejaba del "home" sobre su hombro. No fue solamente que Willie volvió su espalda y arrancó, fue el continente verde de césped en el que corrió y la espera para ver si alcanzaba la pelota y el olor del sudor propio y el de todos los demás que se encontraban sentados en el estadio, como puntos en un panorama puntillista de Seurat, en la concavidad tallada de un planeta que luce pálido bajo la luz del día, púrpura y esmeralda brillantes en la noche.
Con todo, la juventud y la esperanza del juego constituyen sólo una mitad del béisbol y, por tanto, la mitad de su significado para nosotros. Es en la segunda parte del verano de la temporada de béisbol cuando se revela la naturaleza completa del juego. La segunda parte, no tiene el descuidado optimismo de la primera mitad. Cada año, desde agosto hasta la Serie Mundial en octubre, comienza a descender sobre el juego una sensación de mortalidad, sospecha que se intensificará para finales de septiembre, hasta llegar al conocimiento cierto de que algo que era radiante, vigoroso y rebosante de posibilidades puede llegar a su fin.
La belleza del juego está en que sigue el trazado del arco de la vida estadounidense, desde la inocencia estadounidense que se desvanece para tornarse en experiencia. Hasta mediados de agosto el béisbol es un niño en pantalones cortos que grita en el césped suculento; más adelante se transforma en un veterano astuto, de cuello quemado por el sol, cuya preocupación principal es proteger el home. En su segundo verano el béisbol es cuestión de insistir en sacar la pelota del diamante. Sadaharu Oh, el Babe Ruth del béisbol japonés, escribió una oda a su deporte en la cual ensalzó el calor del verano y previó el cambio en "la aproximación de la luz del invierno".
No es de extrañarse que el béisbol produzca más literatura excelente que cualquier otro deporte. Escritores estadounidenses, novelistas como Ernest Hemingway, John Updike, Bernard Malamud y la poetisa Marianne Moore, han visto en el juego la nación soñada. La violación de sus sueños por el país se encuentra aquí también. Como Estados Unidos mismo, el béisbol luchó contra la integración hasta que Jackie Robinson, el primer afroestadounidense de las grandes ligas, defendió todo lo que el país quería creer. Estados Unidos también resistió su propio destino autodeclarado de ser el país de todo el pueblo y entonces, cuando sí luchó por llegar a ser el país de todo el pueblo, negros, asiáticos, latinos, todo el mundo, el lugar mejoró. El béisbol mejoró también.
En el béisbol, en despliegue silencioso, se encuentra el diseño de la constitución misma de Estados Unidos. El texto básico de la constitución es el edificio principal, una estructura simétrica del siglo XVIII afianzada en los principios del siglo de las luces de la razón, el optimismo, el orden y la precaución con la emoción y la pasión. Los arquitectos de la constitución, todos ellos fundamentalmente mentes británicas del siglo de las luces, procuraron construir una casa en la que los estadounidenses pudieran vivir sin hacerla caer poniendo sus impulsos por encima de su racionalidad.
Sin embargo, el problema con esa recopilación original de leyes era su excesiva estabilidad, su demasiada rigidez. Por consiguiente, a los padres de la patria se les ocurrió la idea de la Declaración de Derechos, que en términos del béisbol pueden considerarse como el estímulo de la libertad individual dentro de leyes inmutables. El béisbol es al mismo tiempo clásico y romántico. Así es Estados Unidos y tanto el país como deporte sobreviven manteniendo los dos impulsos en equilibrio.

Roger Rosenblatt es periodista, escritor, dramaturgo y profesor. Como ensayista de la revista Time ha recibido numerosos honores del periodismo escrito, incluso dos premios George Polk, así como premios del Club de la Prensa Extrajera y del Colegio de Abogados de Estados Unidos. Los ensayos que presenta en la red de televisión pública de Estados Unidos le han merecido los prestigiosos premios Peabody y Emmy. Es autor, más recientemente, de la novella Beet (Ecco, 2008).

jueves, 1 de mayo de 2008

EL JUEGO DE LA INOCENCIA Y EL CRECIMIENTO (PARTE I)


EL JUEGO DE LA INOCENCIA Y EL CRECIMIENTO
Por Roger Rosenblatt

PARTE I

De los tres deportes principales, el béisbol es a la vez el de diseño más elegante y el más fácil de explicar en términos de su atractivo. Es un juego que se realiza dentro de límites estrictos y dimensiones estrictas, distancias de aquí a allí precisamente determinadas; el montículo del lanzador tiene tantos centímetros de alto; el peso de la pelota; el peso del bate; las marcas que determinan el espacio interior y exterior; lo que cuenta y lo que no cuenta, y demás. Las reglas son inquebrantables; de hecho, con muy pocas excepciones, las reglas del juego no han cambiado en un centenar de años.
Esto se debe a que, al contrario de lo que sucede en el baloncesto, el béisbol no depende del tamaño de los jugadores, sino más bien de un concepto de la evolución humana según el cual la gente no cambia tanto, ciertamente no en cien años y, por tanto, debe hacer lo que puede dentro de los límites que tiene. Como lo escribió el poeta Richard Wilbur: "El poder del genio proviene de estar en una botella".
Con todo, el béisbol es, dentro de sus límites y desde todo punto de vista, un deporte individual. En otros deportes la pelota marca el puntaje. En béisbol el jugador marca el puntaje. El juego fue diseñado para enfocar a los estadounidenses en nuestras bregas individuales. El que corre hacia la primera base se propone robar la segunda. El hombre que está en segunda base se propone escurrirse detrás de aquél. El lanzador se propone sorprenderlo para sacarlo pero lanza al plato, donde el bateador trata de golpear la pelota para proteger al corredor, quien ahora decide arrancar y el hombre que está en segunda base se apresta para hacer el toque, si el receptor puede ponerse a la altura de las circunstancias y hacer un lanzamiento bajo y duro. Uno no necesita saber lo que estas cosas significan para reconocer que todas ellas ponen a prueba la habilidad de cada uno de realizar una tarea específica, de tomar una decisión personal y de improvisar.
Los aficionados se apegan a los momentos de gloria en la historia del deporte, especialmente a los nombres heroicos y a los hechos heroicos (récord y estadísticas). Estados Unidos tiene en gran aprecio a sus héroes del deporte porque el país no tiene la larga historia de Europa, Asia y África. A falta de un Alejandro Magno o un Carlomagno, deriva su mitología heroica de los deportes.
También nos son caros los momentos sublimes del juego porque son recuerdos que preservan la juventud de todos, como parte de la continua necesidad, aunque un poco forzada, de Estados Unidos de permanecer en un verano perpetuo. La ilusión del juego es que seguirá para siempre. (El béisbol es el único deporte en el cual un equipo en gran desventaja y al que le queda sólo un bateador puede todavía ganar).
Continuará...
Roger Rosenblatt es periodista, escritor, dramaturgo y profesor. Como ensayista de la revista Time ha recibido numerosos honores del periodismo escrito, incluso dos premios George Polk, así como premios del Club de la Prensa Extrajera y del Colegio de Abogados de Estados Unidos. Los ensayos que presenta en la red de televisión pública de Estados Unidos le han merecido los prestigiosos premios Peabody y Emmy. Es autor, más recientemente, de la novella Beet (Ecco, 2008).

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