martes, 26 de abril de 2011

"SMOKEY JOE" WILLIAMS


Cuando uno piensa en el más grande lanzador de las legendarias Ligas Negras, de inmediato viene a la mente el nombre de Satchel Paige. Sólo un misterio podría ser más grande que el gran Satchel Paige, y ese misterio se encarna en la persona de “Smokey Joe” Williams.
No se sabe a ciencia cierta cuándo nació y cuándo murió Joseph Williams, mejor conocido como “Cyclone Joe” o “Smokey Joe”. Las fuentes apuntan a que “Smokey Joe” vio la luz en Seguin, Texas, un 6 de abril de 1885 o quizá de 1886, y que falleció el 12 de marzo de 1946 –una farsa al parecer–, o quizá en 1951 ó 1952. Lo que sí se sabe es que era un espigado gigante de 1.95 metros y 90 kilos con una bola rápida al nivel de los más furiosos lanzamientos de Walter Johnson, Chief Bender, Rube Marquad, Waite Hoyt y Grover Cleveland Alexander, a quienes llegó a vencer, incluyendo dos veces a Johnson y una a Alexander con home-run incluido; todo ello en juegos de exhibición claro está porque los jugadores negros no eran aceptados en las Grandes Ligas, y “Smokey Joe” tenía no sólo sangre comanche, sino también sangre negra.
El formidable velocista inició su carrera profesional en 1905 en San Antonio, donde tuvo números de ganados y perdidos de 28-4, 15-9, 20-8 y 32-8. “Smokey Joe” tenía un buen repertorio de lanzamientos rápidos, pero el mejor de ellos era su bola ciclónica de humo, tal y lo sugieren con tino sus apodos. En 1909, en un juego de exhibición contra un equipo de Chicago patrocinado por el padre de las Ligas Negras, Rube Foster, “Smokey Joe” tiró una blanqueada que fue su pasaporte al norte de los Estados Unidos con los Lincoln Giants.
El 24 de octubre de 1912, “Smokey Joe” se enfrentó a los campeones de la Liga Nacional, los New York Giants, quienes venían de perder la Serie Mundial con los Boston Red Sox y “Smoky Joe” Wood. El pelotero negro dejó en cuatro imparables y 20 ponches a los orgullosos blanquitos, para una victoria de 6 a 0. “Nice job, Smokey”, le dijo al final un jugador rival.
La victoria no fuera mera casualidad, pues en su trayectoria, “Smokey Joe” solía verse dominante ante los equipos de Grandes Ligas. Tampoco era extraño que “Smokey Joe” Williams lanzara juegos con más de una veintena de ponches, pero en agosto de 1930, ya cuarentón y jugando para los Homestead Grays se dio el gusto durante 12 innings de abanicar a 27 bateadores de los Kansas City Monarchs. De hecho, ese mismo año, venció 1-0 en el único juego en el que se llegó a enfrentar a un incipiente portento llamado Satchel Paige. Este sin dudar afirmó haberse enfrentado al más grande lanzador de todos los tiempos en las Ligas Negras.
Durante su carrera, “Smokey Joe” jugó para los siguientes equipos en los Estados Unidos: San Antonio Black Bronchos, Chicago Leland Giants, New York Lincoln Giants, Chicago American Giants, Atlantic City Bacharach Giants, Brooklyn Royal Giants, Homestead Grays, Detroit Wolves. De igual modo, el estelar pitcher tuvo su paso por el Caribe en Cuba y hasta dicen algunos que por México. Nunca jugó en Grandes Ligas por el débil motivo de ser de raza negra.
Tras su retiro en 1934, “Smokey Joe” al parecer trabajó como bartender en la ciudad de Nueva York. ¿Cuántas historias no tendría para contar en el bar? Ty Cobb, quien no solía hablar bien de otros peloteros, mucho menos de los peloteros negros, observó que “Smokey Joe” tuvo facultades para ser un ganador regulador de 30 juegos o más en las Grandes Ligas. No se diga más, Ty Cobb dixit.

lunes, 11 de abril de 2011

JUEGOS DE AMOR Y MALQUERENCIA



Esta novela llegó a mis manos como un préstamo del Lic. Landeros: “A ti que te gusta el béisbol, puede también que te guste esta novela.” La historia se centra en 10 trabajadores del campo y un perro, el Chamuquillo , por allá en la comarca lagunera, en concreto en el pueblo de Santa Teresa. El béisbol de los Tereseros de Santa Teresa se presenta en estas páginas como un divertimiento, como un fervor por la liturgia de la pelota y a la vez como un entresijo esencial donde la amistad, el amor –o mejor dicho, la franca calentura–, el sotol, el honor, el misterio y la muerte tienen cabida. En efecto, como en la vida misma, la muerte ronda en todo momento, cual telón de fondo: un asesinato no resuelto, un misterio tras otro misterio, el del béisbol mismo. Una historia bien contada, con un lenguaje llano y sin artificios innecesarios: “El juez gritó ponche y nos quedamos a una carrerita mientras Sixto Benavides y su gente tiraba cachuchas al aire, pegaban gritos, mentaban madres y daban manotazos de puritita felicidad.” Lenguaje y béisbol en perfecta armonía. Para leer de un sentón, si señor. “Juegos de amor y malquerencia”, Jaime Muñoz Vargas Editorial, Joaquín Mortiz, 2003, 127 pp.

martes, 21 de diciembre de 2010

PULSOS NAVIDEÑOS


¿Cuál es el sentido de la navidad? No lo sé. Quizá uno busca sentido a las cosas para encontrarle un sentido a su vida. Más allá de la chabacanería ramplona y consumista y del despiadado lucro comercial de estos días, quiero suponer que la navidad es un pretexto para recordar a ese formidable tercer bate de la antigua Judea e incomparable lanzador de parábolas nacido en Belén. Se crea o no en él, resulta un personaje admirable en todo sentido.
Si bien de acuerdo a estudios históricos, el Hijo del Gran Ampáyer no nació precisamente un día 25 de diciembre, podríamos recordar a peloteros que sí nacieron en plena navidad. Por ejemplo, pensemos en el imponchable Jo-Jo Moore, jardinero izquierdo de los Gigantes de Nueva York entre 1930 y 1941. Dueño de un porcentaje de .298 de por vida en las Grande Ligas y quien en 5427 turnos al bate se ponchó solamente en 247 ocasiones y nunca lo hizo más de 37 veces en una sola temporada.
¿O qué tal sería recordar al fino segunda base Nelly Fox? Nelly fue Jugador Más Valioso de la Liga Americana en 1959, ganó tres guantes de oro (1957, 1959 y 1960) con los Medias Blancas de Chicago y llegó a hacer mancuerna con los paradores en corto Chico Carrasquel y Luis Aparicio.
O rememorar al lanzador Al Jackson de los Mets de Nueva York. O mejor aún, nombrar a un sensacional segunda base con un gran brazo, Manny Trillo, campeón de tres Series Mundiales: 1973 y 1974 con los Atléticos de Oakland y 1980 con los Filis de Filadelfia. Además Manny ganó varios guantes de oro y bates de plata por su defensiva y ofensiva.
¿Más peloteros navideños? ¿Qué tal el velocista Willy Taveras? ¿O qué tal el más grande velocista de todos los tiempos de las Grandes Ligas? Rickey Henderson, su nombre por si solo es toda una invitación a brindar por sus hazañas.
Si optamos por ampliar nuestros horizontes, tenemos también otro pelotero nacido en navidad, pero de origen japonés y de peculiar estilo para lanzar: Hideki Okajima. Hideki ganó su anillo de Serie Mundial en 2007 con un equipo que no suele ganar muchos anillos, quiero decir los Medias Rojas de Boston, quienes se hicieron para 2011 de los servicios del formidable Adrián González…mmm…
Como sea que recordemos los hechos y sin importar a quién recordemos: FELIZ NAVIDAD A LOS LECTORES DE LA BITÁCORA Y A SUS SERES QUERIDOS.

EL HOMBRE QUE FUE BOB FELLER


“Envidio - aunque no sé si envidio - a aquellos de quienes se puede escribir una biografía, o que pueden escribir sobre sí mismos. En estas impresiones sin nexo, ni deseo de nexo, narro con indiferencia mi autobiografía sin hechos, mi historia sin vida. Son mis Confesiones y, si en ellas nada digo, es porque en ellas nada tengo que decir."
En las palabras del poeta Fernando Pessoa se aprecia la fragilidad de lo trascendente, si hemos de aceptar sin disputa la validez de emplear tal término. Pessoa era un gran poeta y nadie lo sabía. A Pessoa se le catalogó de grande tiempo después de su muerte. ¿Pero que más da el tener y el ser si somos contingentes en todo caso? Lo llamado grande es una consecuencia de lo pequeño contra lo cual se compara en forma por demás subjetiva. Las biografías monumentales son cimentadas en miríadas de actores secundarios. A veces algún personaje secundario se desboca y cobra una relevancia primaria. ¿Se tratará de una trama prevista por el Gran Director dentro de su ordenamiento universal o quizá de una mera manifestación de la entropía de lo concreto-real? No lo sé, más en el béisbol se conjugan en perfecta armonía lo lineal y lo sinuoso. En no pocas ocasiones, armado de las posibilidades combinatorias, el béisbol nos libra de la cadena ordinaria del tener y del ser, para construir nuevos escenarios - contingentes como cualquier otro, desde luego. La memoria quiere rescatar uno de esos escenarios. Veamos.
27 de septiembre de 1940. Los Tigres de Detroit y los Indios de Cleveland se disputaban el banderín de la Liga Americana en una lucha sin tregua. Los Tigres necesitaban sólo un triunfo más para asegurar el banderín. Sin embargo en medio del camino les esperaba la brújula y la muerte: una feroz legión de aficionados a los Indios y sobre todo Robert William Feller: “Bullet Bob”, “Rapid Robert”, “Heater from Van Meter”.
Sí, Bob Feller que en 1936 se convirtió en la mayor sensación del béisbol desde el advenimiento de un tal Babe Ruth. Sí, Bob Feller, el mismo que debutó con los Indios ponchando a 15 rivales y que tres semanas más tarde mandó sentar a 17 bateadores rumiantes, empatando así la entonces marca de Dizzy Dean. Sí, Bob Feller que en su temporada de novato era el americano más famoso, salvo por Shirley Temple en opinión de algunos. Sí, Bob Feller que ganó 266 juegos con los Indios y que no ganó 400 porque se fue a hacer el estúpido servicio militar a los mares del Pacífico sur durante la Segunda Guerra Mundial. Sí, el mismo Bob Feller que en una ocasión no sólo se dio gusto ponchando con tres rápidas de humo al legendario lanzador Lefty Gómez, sino que además como consecuencia mediata le hizo declarar: “La última sonó un poco abajo.”
Sí señor, el mismísimo Bob Feller, es decir, la reencarnación del portentoso Walter Johnson, según lo señala el Libro Sagrado del Tibet.
Así las cosas, Del Baker, el manager de los Tigres daba por un hecho la derrota de su equipo, pero sabía que tendría una oportunidad de ganar en alguno de los otros juegos. En otras palabras, ¿para qué desperdiciar ante Bob Feller a sus mejores cartas Bobo Newsom o Schoolboy Rowe? Por eso, Del Baker sorprendió a los legos al designar a un desconocido de 31 años llamado Floyd Giebell para ser el cordero de sacrificio.
Giebell apenas había debutado el 19 de septiembre de 1940 y en lo que sería su tercer juego en las Grandes Ligas se enfrentaría a Bob Feller en el estadio de los Indios: 45,000 aficionados armados con vituperios, imprecaciones, huevos podridos, huevos no podridos, coliflores, tomates y frutas con y sin gusanos. En cuanto los Tigres pisaron el terreno de juego, en el acto fueron bombardeados con los misiles antes descritos. En pleno juego el ampáyer tuvo que detener dos veces las acciones debido a la lluvia torrencial de frutas. Hasta el manager de los Indios, Ossie Vitt imploró a los aficionados que observaran un mejor comportamiento. Al jardinero de los Tigres, Hank Greenberg lo acribillaron con un tomate mientras perseguía un elevado. Al bullpen de los Tigres le cayó desde la grada más alta una carretada de tomates que casi le da a Schoolboy Rowe, pero que dejo inconsciente al receptor suplente Birdie Tebbets.
Sobre el telón de fondo se fraguaba el holocausto sistemático de los Tigres y en particular del patiño Floyd Giebell. “¡Mira que atreverse a desafiar a Bob Feller!”, “Floyd, ¿qué cárajos?”, se leía en los ojos del público, además de la rabia (no) contenida porque juegos antes, es justo decirlo, los aficionados de los Tigres habían bombardeado a los Indios con biberones y consignas de “indios nenitas”. Para la gente de Cleveland, esos Tigres se habían ganado en vida el derecho a los infiernos.
Y Bob Feller sólo concedió tres imparables a los Tigres, uno de ellos un home-run de dos carreras que le sonó el primera base Rudy York. Dos carreritas apenas para los Tigres. Pero sólo necesitaron dos, porque Floyd Giebell, en comando absoluto de sus lanzamientos, silenció por completo a la artillería de los Indios.
Sí, Floyd Giebell que ese día ganó su tercer y último juego de su carrera en Grandes Ligas, la cual finalizó con un olvidable 3-1 en 28 juegos (cuatro como abridor) y un 3.99 de carreras limpias admitidas en 67 y 2/3 de innings. Sí, Floyd Giebell que fue enviado como Bob Feller a la Segunda Guerra Mundial, pero que a diferencia de este nunca pudo regresar a las Ligas Mayores. Sí, el mismo Floyd Giebell que trabajó en un modesto laboratorio de control de calidad de Weirton Steel.
Sí señor, el mismísimo Floyd Giebell que un día 27 de septiembre de 1940 no sólo enfrentó y venció a Bob Feller, sino que por uno de esos artilugios mágicos del béisbol le se le concedió por nueve innings ser el gran chamán Bob Feller.

domingo, 24 de enero de 2010

ESTILO (HOMENAJE A TY COBB)


ESTILO
(Por Carl Sanburg)

Estilo, sí: adelante, hablad del estilo.
Es fácil saber de dónde saca un hombre su estilo,
como fácil es saber de dónde saca la Pavlova sus
piernas
o Ty Cobb el ojo con que mira al batear.

Que sigan hablando.
Eso sí: a mí que no me quiten mi estilo.
Es mi rostro.
Tal vez no sirva para nada,
pero es de todas formas mi rostro.
Hablo con él, canto con él, gusto y siento con él.
Sé por qué quiero conservalo.

Matad mi estilo
y le partiréis las piernas a la Pavlova,
y cegaréis el ojo con que mira Ty Cobb al
batear.

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