miércoles, 5 de noviembre de 2008
DE MI BREVE ROMANCE CON EL CUADRANGULAR

Algunos desean o desearon acostarse con una joven Brigitte Bardotte. Algunos desean beber una botella de Petrus a la luz de la luna de Valencia. Algunos desean tener la primera edición de “Las Iluminaciones” de Jean Arthur Rimbaud. Algunos desean haber sido Jimmy Hendrix. Algunos desean haber sido Salvador Dalí. Algunos, como yo, desean batear un cuadrangular. En esto último varían las circunstancias: en la novena entrada, en la serie mundial, en el Yankee Stadium, en un enfrentamiento improbable ante Steve Carlton o en todo lo anterior reunido. Yo limito las vanas circunstancias a su esencia: simplemente botarla de home-run.
El cuadrangular es ante todo un acto de voyeurismo para el espectador. Es el andamiaje de la barbarie en nombre de la belleza. ¿Cómo no anhelar el retacar la pelota más allá del campo del béisbol? La adición de la unidad al infinito. Las mil y una noches.
De pequeño era malísimo para batear. (Aún lo soy, pero ahora por lo menos puedo culpar a mi vista en decadencia). En aquel entonces me cuestionaba sobre el qué sentirían los grandes sluggers cuando mandaban la pelota a dormir en las gradas. Recuerdo sobre todo los macanazos salvajes de Willie Aikens, Nelson Simmons, Roy Johnson y Lalo Jiménez cuando visitaban el Ángel Flores. Bueno, en realidad, admiraba hasta los cuadrangulares galleteros del almirante Nelson Barrera, los tumba-bardas sorpresivos de Darrell Sherman y las cuchareadas sabrosas de Ray Torres. Todo lo que oliera a estacazo de cuatro esquinas estaba hecho para mí de la sustancia de la que se conforma lo imposible.
En la escuela primaria durante los recesos jugábamos béisbol con una pelota de tenis. El patio era pequeño, por lo que no usábamos bates para darle a la bola, sino nuestras manos a puño limpio. Yo siempre la mandaba hasta la calle, pero bajo las reglas del juego eso era considerado out, pues era un fastidio brincarse la barda para ir afuera por la pelota. En cambio, era considerado cuadrangular darle a un tablero de baloncesto que se encontraba en los jardines. Nunca di un cuadrangular: me encantaba darle a la bola con la fuerza de un Julio César Chávez conectando un gancho al hígado. Así que por lo general conectaba un doblete contra la barda o era out por regla (la regla descrita).
Por su parte, en las ligas infantiles la cosa no iba mejor. Era poco común que me embasara a batazo limpio. Si no me ponchaban (y eso era raro, rarísimo), llegaba a la primera tras negociar base por bolas. Era una pena ser tan mal bateador, porque eso me condenaba a la banca a pesar de poseer un formidable fildeo y de contar con un brazo más que temible. Y hablo de mi fildeo, porque me eduqué en la vieja escuela de los jugadores de cuadro, esto es, no dejar pasar ningún batazo bajo ninguna circunstancia. Para mí era (y es) inaceptable llegarle a los rodados de ladito. “Cosa de señoritas”, diría mi padre.
Pero no bateaba nada. Y si no se batea no se puede jugar. Y si no se juega no se puede conectar de home-run. Así se simple. Ello está escrito, dicen, en la República de Platón.
Y de verdad me daba envidia el ver a mis compañeros de equipo recorrer las bases tras dar un palo de vuelta entera. Vaya, hasta el Kiko que era malísimo se la botó una vez. Ya ni menciono al Héctor Aguilar (sí, el hijo del huevo Aguilar) que parecía que no sabía batear otra cosa que cuadrangulares. Al carajo, dejé de jugar (pero no de ver) béisbol por un tiempo. En cuanto a la envidia, esta es un sentimiento subestimado. A través del pleno dominio y comprensión de la envidia llegué a sentir empatía por el Satanás del “Paraíso Perdido” de Milton.
Años después, ya en la escuela secundaria acaso aprendí a chocar la pelota y a ser un bateador respetable, por lo menos en los juegos amistosos. Pero seguía sin poder macanear la pelota. Parecía estar escrito que mi destino era el de nunca mandarla atrás de la barda.
Pero un día…
Era la escuela preparatoria. Estábamos jugando alumnos contra profesores. No era en un campo de béisbol -porque en el que queríamos jugar estaba ocupado- sino en un campo de fútbol. Jugar béisbol en un campo de fútbol es algo francamente extraño. Debe ser algo así como bailar un vals en medio de los fogonazos del campo de batalla. El home se encontraba en uno de los puntos de tiro de esquina, de modo que las líneas de cal se dirigían a dos rocas que hacían las veces de primera y tercera. Otra roca más hacía de segunda.
Con hombre en primera y dos outs, vine a batear. Estaba tirando el profesor Osuna, quien tenía un saco de artimañas: curvas, cambios, parábolas, elipses. Por algo era el profesor de física.
No sé que diablos me tiró en los dos primeros lanzamientos, pero me hizo abanicar feamente. Toda la frustración bateadora de mi infancia se me vino de golpe. Desde la segunda el profesor Rosalío le grito al profesor Osuna: “Tírale algo fácil para que le pegue. Queremos jugar también.”
Osuna casi burlón me tiró una recta de humo. Y digo de humo, porque humo fue lo que echó la bola cuando se la retache hasta la otra esquina del campo de fútbol (medidas oficiales). Me quedé de pie mirando volar la pelota. Iba alto, alto, y parecía que no iba a caer nunca. El fuselaje del aire se desbarataba en pedazos. Islas de silencio flamígero abarcaban el instante hasta que alguien me gritó y eché a correr.
Ese batazo en cualquier estadio habría sido home-run, pero pues no había barda, así que tuve que correr como jamelgo en estampida hasta llegar al delirio furioso y delicioso del home.
El cuadrangular es ante todo un acto de voyeurismo para el espectador. Es el andamiaje de la barbarie en nombre de la belleza. ¿Cómo no anhelar el retacar la pelota más allá del campo del béisbol? La adición de la unidad al infinito. Las mil y una noches.
De pequeño era malísimo para batear. (Aún lo soy, pero ahora por lo menos puedo culpar a mi vista en decadencia). En aquel entonces me cuestionaba sobre el qué sentirían los grandes sluggers cuando mandaban la pelota a dormir en las gradas. Recuerdo sobre todo los macanazos salvajes de Willie Aikens, Nelson Simmons, Roy Johnson y Lalo Jiménez cuando visitaban el Ángel Flores. Bueno, en realidad, admiraba hasta los cuadrangulares galleteros del almirante Nelson Barrera, los tumba-bardas sorpresivos de Darrell Sherman y las cuchareadas sabrosas de Ray Torres. Todo lo que oliera a estacazo de cuatro esquinas estaba hecho para mí de la sustancia de la que se conforma lo imposible.
En la escuela primaria durante los recesos jugábamos béisbol con una pelota de tenis. El patio era pequeño, por lo que no usábamos bates para darle a la bola, sino nuestras manos a puño limpio. Yo siempre la mandaba hasta la calle, pero bajo las reglas del juego eso era considerado out, pues era un fastidio brincarse la barda para ir afuera por la pelota. En cambio, era considerado cuadrangular darle a un tablero de baloncesto que se encontraba en los jardines. Nunca di un cuadrangular: me encantaba darle a la bola con la fuerza de un Julio César Chávez conectando un gancho al hígado. Así que por lo general conectaba un doblete contra la barda o era out por regla (la regla descrita).
Por su parte, en las ligas infantiles la cosa no iba mejor. Era poco común que me embasara a batazo limpio. Si no me ponchaban (y eso era raro, rarísimo), llegaba a la primera tras negociar base por bolas. Era una pena ser tan mal bateador, porque eso me condenaba a la banca a pesar de poseer un formidable fildeo y de contar con un brazo más que temible. Y hablo de mi fildeo, porque me eduqué en la vieja escuela de los jugadores de cuadro, esto es, no dejar pasar ningún batazo bajo ninguna circunstancia. Para mí era (y es) inaceptable llegarle a los rodados de ladito. “Cosa de señoritas”, diría mi padre.
Pero no bateaba nada. Y si no se batea no se puede jugar. Y si no se juega no se puede conectar de home-run. Así se simple. Ello está escrito, dicen, en la República de Platón.
Y de verdad me daba envidia el ver a mis compañeros de equipo recorrer las bases tras dar un palo de vuelta entera. Vaya, hasta el Kiko que era malísimo se la botó una vez. Ya ni menciono al Héctor Aguilar (sí, el hijo del huevo Aguilar) que parecía que no sabía batear otra cosa que cuadrangulares. Al carajo, dejé de jugar (pero no de ver) béisbol por un tiempo. En cuanto a la envidia, esta es un sentimiento subestimado. A través del pleno dominio y comprensión de la envidia llegué a sentir empatía por el Satanás del “Paraíso Perdido” de Milton.
Años después, ya en la escuela secundaria acaso aprendí a chocar la pelota y a ser un bateador respetable, por lo menos en los juegos amistosos. Pero seguía sin poder macanear la pelota. Parecía estar escrito que mi destino era el de nunca mandarla atrás de la barda.
Pero un día…
Era la escuela preparatoria. Estábamos jugando alumnos contra profesores. No era en un campo de béisbol -porque en el que queríamos jugar estaba ocupado- sino en un campo de fútbol. Jugar béisbol en un campo de fútbol es algo francamente extraño. Debe ser algo así como bailar un vals en medio de los fogonazos del campo de batalla. El home se encontraba en uno de los puntos de tiro de esquina, de modo que las líneas de cal se dirigían a dos rocas que hacían las veces de primera y tercera. Otra roca más hacía de segunda.
Con hombre en primera y dos outs, vine a batear. Estaba tirando el profesor Osuna, quien tenía un saco de artimañas: curvas, cambios, parábolas, elipses. Por algo era el profesor de física.
No sé que diablos me tiró en los dos primeros lanzamientos, pero me hizo abanicar feamente. Toda la frustración bateadora de mi infancia se me vino de golpe. Desde la segunda el profesor Rosalío le grito al profesor Osuna: “Tírale algo fácil para que le pegue. Queremos jugar también.”
Osuna casi burlón me tiró una recta de humo. Y digo de humo, porque humo fue lo que echó la bola cuando se la retache hasta la otra esquina del campo de fútbol (medidas oficiales). Me quedé de pie mirando volar la pelota. Iba alto, alto, y parecía que no iba a caer nunca. El fuselaje del aire se desbarataba en pedazos. Islas de silencio flamígero abarcaban el instante hasta que alguien me gritó y eché a correr.
Ese batazo en cualquier estadio habría sido home-run, pero pues no había barda, así que tuve que correr como jamelgo en estampida hasta llegar al delirio furioso y delicioso del home.
miércoles, 22 de octubre de 2008
JACK KEROUAC EN CULIACÁN

La tesis es simple: Jack Kerouac, el autor de “En el Camino” visitó Culiacán en algún momento de los años 1950’s. De paso habría asistido al béisbol para cerveza en mano apoyar a los Tomateros de Culiacán. ¿La fuente de esa afirmación? Un poema.
El poema más reconocido de Kerouac, “Mexico City Blues”, compuesto de 242 “coros”, incorpora todos los elementos de la teoría de la composición espontánea, Recuerdos, fantasías, sueños y surrealismo son combinados líricamente en un formato de textos sueltos que logra crear una épica sugerente.
“Mexico City Blues” se caracteriza por ir hilando experiencias, alucinaciones y pensamientos. Es una suerte de universo íntimo cifrado en el ritmo del Jazz. El poeta va asociando ideas según estas van deambulando a través de sus recuerdos.
Es importante recordar que Kerouac era ante todo un aventurero, un Jack London o un Lord Byron moderno. Y además, no menos importante, era un fanático del béisbol; de hecho en uno de los capítulos de su novela “Los Ángeles de la Desolación”, llega a crear un encuentro de béisbol imaginario.
En su viaje a la Ciudad de México desde San Francisco, Kerouac tal vez recorrió por carretera la larga ruta de la costa del pacífico, pasando desde luego por Sonora, Sinaloa y Nayarit. En ese sentido resulta curioso que Kerouac toque el tema del béisbol en el coro 137 (“When dry is Riverbottom/Baseball Rock”) de “Mexico City Blues” para en el siguiente coro señalar lo siguiente:
138th Chorus
It’s really a Brooklyn Night
the Aztec Night
the Mix Toltec Night
the Saragossa Night
the Tarasco Night
Jaqui Keracky
Grow Opium
In Ole Culiacan
(BLANK, the singer
sings nothing)
¿Al hablar de la noche de Brooklyn se refería Kerouac a los juegos de los Dodgers en Ebbets Field a los que asistió mientras era un estudiante de letras en la Universidad de Columbia en Nueva York? ¿Las siguientes repeticiones sobre la noche pretenden asimilar sus experiencias nocturnas en Brooklyn a las experimentadas en México? Después de todo, cada noche contiene a todas las noches del mundo. La mención de “Jaqui Keracky” aparentemente es un apelativo femenino de Jack Kerouac. La mujer como creadora de vida, para después rematar con la mención de que sembró opio en Culiacán. Luego el silencio. ¿Qué enmudeció al poeta? ¿Un cuadrangular en la novena entrada?
Los argumentos para sostener la tesis, como se ve, se limitan a una literatura de meras especulaciones. Serían reprobados por cualquier profesor de lógica. Quizá Kerouac sólo estuvo en Culiacán para experimentar con opiáceos. Quizá Kerouac sólo estuvo de paso. Quizá Kerouac nunca visitó el Ángel Flores. ¿Pero cómo saberlo de cierto?
El poema más reconocido de Kerouac, “Mexico City Blues”, compuesto de 242 “coros”, incorpora todos los elementos de la teoría de la composición espontánea, Recuerdos, fantasías, sueños y surrealismo son combinados líricamente en un formato de textos sueltos que logra crear una épica sugerente.
“Mexico City Blues” se caracteriza por ir hilando experiencias, alucinaciones y pensamientos. Es una suerte de universo íntimo cifrado en el ritmo del Jazz. El poeta va asociando ideas según estas van deambulando a través de sus recuerdos.
Es importante recordar que Kerouac era ante todo un aventurero, un Jack London o un Lord Byron moderno. Y además, no menos importante, era un fanático del béisbol; de hecho en uno de los capítulos de su novela “Los Ángeles de la Desolación”, llega a crear un encuentro de béisbol imaginario.
En su viaje a la Ciudad de México desde San Francisco, Kerouac tal vez recorrió por carretera la larga ruta de la costa del pacífico, pasando desde luego por Sonora, Sinaloa y Nayarit. En ese sentido resulta curioso que Kerouac toque el tema del béisbol en el coro 137 (“When dry is Riverbottom/Baseball Rock”) de “Mexico City Blues” para en el siguiente coro señalar lo siguiente:
138th Chorus
It’s really a Brooklyn Night
the Aztec Night
the Mix Toltec Night
the Saragossa Night
the Tarasco Night
Jaqui Keracky
Grow Opium
In Ole Culiacan
(BLANK, the singer
sings nothing)
¿Al hablar de la noche de Brooklyn se refería Kerouac a los juegos de los Dodgers en Ebbets Field a los que asistió mientras era un estudiante de letras en la Universidad de Columbia en Nueva York? ¿Las siguientes repeticiones sobre la noche pretenden asimilar sus experiencias nocturnas en Brooklyn a las experimentadas en México? Después de todo, cada noche contiene a todas las noches del mundo. La mención de “Jaqui Keracky” aparentemente es un apelativo femenino de Jack Kerouac. La mujer como creadora de vida, para después rematar con la mención de que sembró opio en Culiacán. Luego el silencio. ¿Qué enmudeció al poeta? ¿Un cuadrangular en la novena entrada?
Los argumentos para sostener la tesis, como se ve, se limitan a una literatura de meras especulaciones. Serían reprobados por cualquier profesor de lógica. Quizá Kerouac sólo estuvo en Culiacán para experimentar con opiáceos. Quizá Kerouac sólo estuvo de paso. Quizá Kerouac nunca visitó el Ángel Flores. ¿Pero cómo saberlo de cierto?
jueves, 2 de octubre de 2008
THE TEXAS COWBOY
¿Cómo no recordar la lección que le dio el cuarentón Nolan Ryan al punk veinteañero Robin Ventura? Lo que no muchos recuerdan es que Ventura fue expulsado esa vez y Ryan no. Las leyendas vivientes no se tocan, por eso son vacas sagradas.
martes, 30 de septiembre de 2008
CRÍMENES EJEMPLARES DEL BÉISBOL

Max Aub (París, 2 de junio de 1903 – Ciudad de México, 22 de julio de 1972), sofisticado judío republicano, narrador, prosista lírico, cuentista imaginativo, dramaturgo y poeta ocasional, era un derroche de ingenio. Es una pena que hoy en día no tenga el número de lectores que merece un escritor con su talento. En particular, su libro “Crímenes Ejemplares” es una obra maestra de la literatura. La parodia por excelencia del criminal cínico. “Crímenes Ejemplares” recuerda a ese portentoso ensayo de Thomas de Quincey llamado “Del Asesinato como una de las Bellas Artes”, pero con más descaro y humor, lo cual no es poca cosa.
Si usted no ha leído ese libro, ¿qué diablos hace aquí? Vaya a comprar “Crímenes Ejemplares”. Hay ediciones de 3 ó 4 dólares. Si no tiene dinero para comprar el libro, róbelo. La gente lee tan poco hoy en día que el robo de libros debe ser algo así como el robo famélico, libre de toda culpa. Al menos esa era la filosofía de José Vasconcelos, esa gran figura intelectual del México de la primera mitad del siglo XX.
En una suerte de experimento pretendimos hacer aquí una breve parodia de esa parodia que es “Crímenes Ejemplares, mejor dicho, intentamos una breve parodia beisbolera de esa otra parodia. Veamos los resultados.
Yo estoy seguro que se rió. Lo miré desde la caja de bateo. Allá sentadito en el palco. ¡Se rió de lo que yo estaba aguantando! Corredor en segunda y con dos outs. El juego empatado en la novena baja. Era demasiado. Me metía y me volvía a meter la fresa sobre el nervio. Con toda intención. Nadie me quitará esa idea de la cabeza. Me tomaba el pelo. Primero vinieron un par de rectas de humo. ¿Acaso no saben lo que es estar abajo en la cuenta con dos strikes? Y luego el cambio. Ponche. Su risa desde el palco fue insoportable. Debieran felicitarme. Yo les aseguro que de aquí en adelante tendrán más cuidado. Quizá apreté demasiado. Pero tampoco soy responsable de que tuviese tan frágil el gaznate. Y de que se me pusiera tan a mano, tan seguro de sí, tan superior. Tan feliz.
*
Toda la temporada en la banca. Lo maté porque estaba seguro de que no me alinearía en la final.
*
Era tan pronunciada su curva, que cada vez que me la lanzaba, parecía un insulto. Todo tiene su límite.
*
Lo maté porque me dolía la cabeza. Después de 100 lanzamientos a uno le duele la cabeza. Y que él venga hablar a la loma, sin parar, sin descanso, de cosas que me tenían completamente sin cuidado. La verdad, aunque me hubiesen importado. Antes, miré mi reloj seis veces descaradamente: no hizo caso. Creo que es una atenuante muy de tenerse en cuenta.
*
¡Si el out estaba hecho! Era un fly sin chiste al jardín. No había más que meter el guante debajo de la pelota. “Mía, mía”, me gritó... ¡Y la dejo caer! ¡Y aquel out era decisivo! Les dábamos en toditita la madre a esos cabrones de los venados. Si del batazo que le di en la cabeza se fue al otro mundo, que aprenda allí a cachar como Dios manda.
Si usted no ha leído ese libro, ¿qué diablos hace aquí? Vaya a comprar “Crímenes Ejemplares”. Hay ediciones de 3 ó 4 dólares. Si no tiene dinero para comprar el libro, róbelo. La gente lee tan poco hoy en día que el robo de libros debe ser algo así como el robo famélico, libre de toda culpa. Al menos esa era la filosofía de José Vasconcelos, esa gran figura intelectual del México de la primera mitad del siglo XX.
En una suerte de experimento pretendimos hacer aquí una breve parodia de esa parodia que es “Crímenes Ejemplares, mejor dicho, intentamos una breve parodia beisbolera de esa otra parodia. Veamos los resultados.
Yo estoy seguro que se rió. Lo miré desde la caja de bateo. Allá sentadito en el palco. ¡Se rió de lo que yo estaba aguantando! Corredor en segunda y con dos outs. El juego empatado en la novena baja. Era demasiado. Me metía y me volvía a meter la fresa sobre el nervio. Con toda intención. Nadie me quitará esa idea de la cabeza. Me tomaba el pelo. Primero vinieron un par de rectas de humo. ¿Acaso no saben lo que es estar abajo en la cuenta con dos strikes? Y luego el cambio. Ponche. Su risa desde el palco fue insoportable. Debieran felicitarme. Yo les aseguro que de aquí en adelante tendrán más cuidado. Quizá apreté demasiado. Pero tampoco soy responsable de que tuviese tan frágil el gaznate. Y de que se me pusiera tan a mano, tan seguro de sí, tan superior. Tan feliz.
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Toda la temporada en la banca. Lo maté porque estaba seguro de que no me alinearía en la final.
*
Era tan pronunciada su curva, que cada vez que me la lanzaba, parecía un insulto. Todo tiene su límite.
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Lo maté porque me dolía la cabeza. Después de 100 lanzamientos a uno le duele la cabeza. Y que él venga hablar a la loma, sin parar, sin descanso, de cosas que me tenían completamente sin cuidado. La verdad, aunque me hubiesen importado. Antes, miré mi reloj seis veces descaradamente: no hizo caso. Creo que es una atenuante muy de tenerse en cuenta.
*
¡Si el out estaba hecho! Era un fly sin chiste al jardín. No había más que meter el guante debajo de la pelota. “Mía, mía”, me gritó... ¡Y la dejo caer! ¡Y aquel out era decisivo! Les dábamos en toditita la madre a esos cabrones de los venados. Si del batazo que le di en la cabeza se fue al otro mundo, que aprenda allí a cachar como Dios manda.
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