Mostrando entradas con la etiqueta asuntos menores. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta asuntos menores. Mostrar todas las entradas

martes, 22 de septiembre de 2009

LA GRAN RECHIFLA


Sí, yo estuve ahí. La inauguración del Clásico Mundial de Béisbol en el Foro Sol de la Ciudad de México. La masa enardecida gritaba con ansias de arrancarle el no escaso pellejo. Normal, no me extrañó. ¿Pero a quien se le ocurrió darle la bola a un Secretario de Hacienda? Es como soltar un pedazo de carne a la jauría hambrienta.







miércoles, 5 de noviembre de 2008

viernes, 11 de enero de 2008

EXPERIMENTO A PETICIÓN


A solicitud del gentil visitante de la bitácora de “La ignorancia” voy a tratar de responder a este ejercicio de gustos-disgustos y pasiones-aversiones, muy similar a la llamada Ventana de Johari, es decir una matriz de auto-conocimiento.
La tarea es subjetiva de suyo; ayer no opinaba igual ni el día de mañana opinaré de esta manera.

Cosas que me gustan (y me gusta que me gusten)

El béisbol.
La NBA.
El rumor de la lluvia y su aroma a tierra mojada.
El vino tinto.
El vino blanco.
El vino vino.
El masaje tántrico.
Los cuentos de Borges.
Los ensayos de Borges.
Los poemas de Borges.
Los Yankees.
Los Tomateros.
Los problemas matemáticos.
Los discos de Radiohead.
Los discos de Led Zeppelin.
Las películas de Kurosawa.
Las películas de Buñuel.
Las películas de Terry Gilliam.
Las novelas de Fuentes Mares.
Las novelas de Maqroll el Gaviero.
Babear cuando leo a Rimbaud o a Char.
Leer Hojas de Yerba y decir: "Yo estuve ahí."
Investigar sobre lo que no sé (es decir, sobre todo).
Paz Vega con ropa.
Paz Vega desnuda.
Paz Vega como sea.
Mirar a las chicas sexies (no necesariamente las guapas).
Creer en que es posible seducir a una mujer, cuando en realidad uno es el seducido.

Cosas que me gustan (y no me gusta que me gusten)

Dormir.
El caos.
El silencio.
El pitcheo de Pancho Campos.
La nada.
La cerveza clara.
La idea de Manny Ramirez jugando para los Yankees.
Las religiones.
Las películas de Silvia Saint.
Algunos partidos de fútbol.
Mi camisa de Claudio López con el VCF.
Leer a Georges Bataille.
Escribir (demasiada pretensión hay en ese acto).
Escuchar los debates políticos (ningún político merece nuestra pena).

Cosas que no me gustan (y me gusta que no me gusten)

El gobierno.
El hambre, mía o ajena.
El pagar comisiones a los bancos.
El usar WC’s ajenos (no es mi territorio).
El no tener cerveza cuando se necesita.
El no poder escuchar el béisbol.
El Real Mandril.
El ir a los velorios (alguien está muerto ahí y nunca sé qué decir).
Los libros de Paulo Coelho.
Los nopales.
Los fumadores en los estadios.
Los naranjeros de Hermosillo.
Los venados de Mazatlán.
Los Medias Rojas de Boston.
Los Indios de Cleveland.
Las drogas duras.
Las guilas del América.
Mirar la TV (me refiero a Televisa y a TV Azteca).
(El expresarme empleando paréntesis).

Cosas que no me gustan (y no me gusta que no me gusten)

El bailar.
El ir a las bodas (siento que alguien se muere ahí y nunca sé qué decir).
El pasear en bicicleta.
El ser descarado.
La comida vegetariana.
Los libros de García Márquez.

miércoles, 2 de enero de 2008

SÍ SE PUEDE


Sí, sí se puede. ¿Por qué no ha de poderse? No, no me refiero a los Tomateros. Sus paupérrimas demostraciones ofensivas, sumadas a una inusual falta de buena defensa, no me permiten imaginar un futuro promisorio en estos play-offs. No se trata por ello del potencial de los Tomateros. Mi “sí se puede”, antaño grito triunfalista y 100% beisbolero (¿Williamsport, dice algo?) y por estas fechas devenido tristemente a expresión panbolera tercermundista, va dirigido a Eugeniusz Gadomski, ese hombre en Polonia de más de 80 años, símbolo del gigoló como máxima expresión de la masculinidad irreductible, capaz de imponer su ley en el complejo, artificioso e inestable territorio femenil.
De acuerdo a la agencia EFE, la policía polaca busca a Eugeniusz Gadomski, un anciano de 80 años que durante la última década aprovechó sus modales refinados y su falta de escrúpulos para seducir y luego robar los ahorros de mujeres solas, a las que conocía a través de agencias matrimoniales.
Pero el señor Gadomski no es un vulgar estafador, sino un hacedor de ilusiones, por las cuales cobra un precio quizá caro, pero que no lo pareció tanto a quien estuvo dispuesto a pagarlo. El crimen radica, entonces, no en un aparente despojo, sino en la falta de entrega de la cosa convenida: el alma del señor Gadomski. Es decir, un pacto diabólico con oscuras ancianas, a lo cual desde luego nuestro personaje se rehusó puntualmente, no sin antes cobrar una módica propina. ¿Prostitución dijo alguien? Improbable, si bien no imposible, por las limitaciones inherentes al comercio carnal octogenario.
Apunta la nota periodística: “Todas sus víctimas lo recuerdan como un caballero, un hombre con muy buena presencia, buenos trajes, joyas, educación, todo un galán."
La nota señala de igual forma: “En algunas agencias matrimoniales de la capital polaca todavía recuerdan a Eugeniusz y la buena impresión inicial que causaba entre las señoras que contactaron con él. Un señor guapo y bien conservado para su edad, por lo que apenas tenía competencia entre las mujeres mayores, viudas y solas, necesitadas de cariño y compañía.”
Y como queriendo disminuir los meritos del viejo gigoló, remata la noticia: “Eugeniusz Gadomski cuenta en su haber con otras estafas, entre ellas la de haber cobrado durante varios años una pensión por haber estado recluido en un campo de concentración durante la II Guerra Mundial donde, obviamente, nunca estuvo.”
No aplaudo la conducta del personaje citado, ésta no es para nada digna de elogio, pero admiro en cambio su atrevimiento, su apuesta por la aventura, su absoluto descaro. A sus más de 80 años. Sí, sí se puede.

Extra. Quizá no es el sitio para comentar esto, pero la existencia de empresas de TV como Sky es algo terrible. Contratar sus servicios me parece un acto inmoral, además de ser un visto bueno a la violación de nuestro derecho a la información. Estoy de acuerdo en pagar algo adicional por lo que no se tiene o no es de interés público, por un privilegio o por un capricho (el canal de Playboy, por ejemplo), pero no por lo que ya se tenía o era algo de uso ordinario. Cualquiera con un mínimo de instrucción en economía o con algo de sentido común, comprenderá que la respuesta de los consumidores es un determinante de la actividad económica, por lo cual es mejor no consumir los servicios mencionados, dejar quebrar a esas empresas y regresar los orígenes de eventos deportivos en televisión abierta y patrocinados por terceros Si seguimos apostando a Sky, ¿qué seguirá? ¿La Serie Mundial sólo por Sky? Ni se les ocurra.

domingo, 2 de diciembre de 2007

POESÍA PARA GATOS


Esto no es béisbol. Sin embargo, ¿cómo resistir la tentación de poner aquí un poema tan bueno dedicado a los gatos?
MAULLIDO
por Allen Ginsberg
Yo vi a los mejores gatitos de mi camada abandonados por los humanos, callejeros rebeldes rabiosos,
avanzando por entre la hierba que crece en los patios abandonados, buscando un poco de catnip,
astutos gatos de bigotes plateados ronroneando en el éxtasis de una intoxicación herbal tratando de alcanzar de un gran salto la blanca luna llena que rebota sobre el cielo negro,
quienes se cruzaron en el camino de transeúntes supersticiosos y pasaron despreocupadamente bajo las escaleras de algún lavaventanas,
quienes en la Sociedad Protectora de Animales se agacharon en la ventana esperando que ese lunático vestido de verde mejor se llevara al perico paranoico en vez de a ellos,
quienes corrieron por los túneles del metro perseguidos por hordas de ratas tan grandes como caballos, rinocerontes, hipopótamos; enormes roedores blindados desplazándose ruidosamente por los rieles brillantes como cuchillos sobre callosas pezuñas,
quienes fueron perseguidos por perros enloquecidos en Central Park y se treparon a La Aguja de Cleopatra, usando como pasamanos los jeroglíficos suavizados por la contaminación y al final se sentaron en la parte más alta riéndose de los inútiles canes,
quienes lloraron y se escandalizaron como si fueran alarmas de un coche en los jardines lujosos de las casas de las matronas ricachonas hasta que por fin les daban las sobras en finos platos de porcelana,
quienes se desbarrancaron de una cornisa del Hotel Plaza al tratar de evadir al vigilante del hotel cuando estaban husmeando en las charolas de servicio dentro de los cuartos y cayeron sobre sus patitas después de volar diez pisos, yéndose complemente ilesos; en verdad sucedió, se fueron caminando intactos y su hazaña no mereció ni una foto para el Post ni la portada de la revista Time como animal del año,
quienes atraparon y mataron y realmente se comieron un pichón de la Plaza Herald que sabía a óxido y grasa, y a sobras de pizza y humo de camión,
quienes mordieron a un oficial de control animal en el tobillo y se clavaron en una coladera alcanzando a penas a escapar de terminar sus días en la jaula de un laboratorio en Brookhaven con un collar antipulgas de plutonio,
quienes se colaron a una exposición de arte dadaísta en una galería del Greenwich Village y cenaron cubitos de queso y tomaron Chablis, vino barato, por una semana hasta que el artista se mostró y presuntuosamente declaró que si bien su jarra de escarabajos de agua como la tortuga con el candado en una pata estaban más acorde a su concepción estética pero los susodichos gatos no,
quienes fueron adoptados por un mafioso cuando vagaban en un callejón junto a la pescadería Fulton y vivieron durante un mes en un departamento dúplex con muchos muebles kitch del Boulevard Queens hasta que alguien encontró el cadáver decapitado en la cajuela de un Oldsmobile en el aeropuerto de Newark, y la policía llegó, y la lasagña se acabó,
quienes vivieron felices por un año entero en una librería repleta de ratones en Broadway hasta que un desafortunado lunes fue comprada por la compañía Moloch, una de esas cadenas con muchas sucursales, la cual se dedicó a poner detectores de metales, y posters de Garfield y contrataron a un exterminador de plagas,
quienes se detuvieron a la mitad del Puente de Brookyn preguntando dónde estarían esas arañas que habían tejido esta telaraña de acero, y en lugar de eso vieron a un desquiciado lanzándose torpemente a la aceitosa corriente de Lethe que corre hacia el Bronx, y si bien ningún gato haría eso con todo y su larga vida de ninguna veintena pero sí 10 ó 15 años, que no es exactamente una cadena perpetua, pero sí tendrían que limpiar y secar su precioso pelo de toda esta asquerosidad si llegaran a fallar,
quienes vieron a un gatito de cincuenta metros de alto en un anuncio de la Kodak en Times Square y se alucinaron imaginando a un King Kong Gato marchando por el centro de Manhattan pulverizando a las multitudes con sus garras de dos toneladas,
y quienes poco después vagabundearon por las amargas calles de la ciudad inspirados por el poder del miau, las vocales sagradas, visión del supremo mantra animal, el fenomenal solitario diptongo felino,
y para repetir este sonido canción grito puro misterioso que contiene todas las palabras, frases, discursos, novelas, panfletos, folletos, baladas, epopeyas, libros de texto, archivos, bibliografías, rellenos de alfabetos infinitos de significados insondables,
todo esto muestra al pobre gato callejero, inadaptado, desentonado, y sin dueño, le han dado quién sabe cuántos golpes en la cabeza, con andar sigiloso y gritando a voz en cuello todo lo que los gatos han dicho y seguirán diciendo por toda la eternidad aún después de muertos,
y que reaparecieron nueve vidas más tarde en los falsos calcetines de la fama iluminados por el resplandor de la televisión, y festejaron el desbordante amor de los Estados Unidos por lo mininos tocando “Saludo al Jefe Gato” con el maullido de un saxofón tal que hizo huir a todos los que paseaban a sus perros hasta el último que recoge su popó,
con la indigerible bola de pelos del poema en el corazón, arrojada de sus propios cuerpos sobre el centro absoluto del tapete inmaculado de la vida.
Tomado del libro Poetry for cats. Anthology of Distinguished Feline Verse (Henry Beard compilador. Villard Books. Estados Unidos, 1994).
Traducción de Mary Carmen Sánchez Ambriz / Miguel Ángel Vives.

miércoles, 21 de noviembre de 2007

CONFESIONES DE UN PANBOLERO


Malas noticias. Esta entrada y la próxima serán dedicadas a un asunto menor: el fútbol. La primera entrada corresponde a las [¿cínicas?] confesiones de un panbolero, quien va al grano al explicar los vericuetos de su deporte favorito, con un único olvido quizá: la vida no es como el fútbol; el fútbol es tan solo como la vida de ciertos hombres. “No hay guerras, sino banderas y hombres caídos…” o mejor dicho: “No hay fútbol, sino patadas y pequeñas batallas en la media cancha, clavados en el área, árbitros perdiendo la cordura, yanquis de la gambeta gratuita, interminables marcadores en ceros, catenaccio y también Romario da Souza, algunas jugadas, algunos lances, algunos goles…”

QUE GANE EL PEOR
Por Javier Cercas

Cuando se publique este artículo apenas faltarán unos días para que termine el Mundial y, después de tres semanas de invasión futbolera, algunos de ustedes –pocos– estarán ya hasta la coronilla de fútbol y otros –la mayoría– juzgarán que este año el Mundial se ha hecho corto. Lo cierto es que el Mundial es una completa locura planetaria y que, se mire por donde se mire, esto del fútbol no se entiende. Por supuesto, todos fingimos a todas horas que lo entendemos a la perfección, pero la verdad es que no se entiende. Se entendería si, como dice Gonzalo Suárez, el balón no fuera redondo, o simplemente si, como le dijo Salvador Dalí a Gonzalo Suárez, el balón fuera hexagonal. Pero el balón es redondo y rueda y, en consecuencia, es rigurosamente impredecible. Esta impredictibilidad –no la habilidad, no el esfuerzo, no el mérito– rige el fútbol. Esta impredictibilidad significa que el fútbol carece de leyes; es decir, significa que es absurdo; es decir, significa que no se puede entender.
Por supuesto, hay cosas del fútbol que sí se entienden, pero no atañen a su esencia, sino a sus aledaños. Todos los estudiosos argumentan que el fútbol es una prolongación de la guerra por medios pacíficos, o, si se prefiere, que es el mejor sustituto conocido de la guerra. Los hechos favorecen esta idea, porque desde siempre el fútbol estuvo asociado a la guerra: dice la leyenda –y es la primera referencia al fútbol de que hay noticia– que hacia el año 1000 los británicos celebraron su victoria sobre el invasor danés cortándole la cabeza a su jefe y usándola como pelota; dice la historia que en 1314 el rey Eduardo II prohibió en Inglaterra el fútbol, y que más tarde lo hicieron Eduardo III, Ricardo II y Enrique IV, todos ellos persuadidos con razón de que el fútbol se practicaba a expensas del entrenamiento militar y de que, por tanto, a más guerra, menos fútbol, y a más fútbol, menos guerra. Pero el fútbol sólo adquiere su fisonomía actual a mediados del siglo XIX, y sólo en la segunda mitad del XX se convierte en el deporte más popular de la historia de la humanidad. Pascal Boniface afirma que lo que el fútbol propone es “una zona residual de enfrentamiento que permite la expresión controlada de la animosidad y no afecta a los ámbitos más importantes de interacción entre los países”, lo cual explicaría que en el último medio siglo de historia, a diferencia de lo ocurrido en el resto del milenio, al menos las grandes potencias europeas hayan prescindido de su afición a aumentar la población de viudas y huérfanos por el procedimiento de sustituir las batallas de sangre por batallas por un balón entre mocetones en calzoncillos. De ahí que los más consecuentes sostengan que la FIFA debería haber sido galardonada hace mucho tiempo con el Premio Nobel de la Paz.
Más misterioso que el anterior es otro hecho en el que acaso no se repara tanto. Si un helicóptero abandonara esta mañana a Ronaldinho en medio del desierto de Gobi, en menos de cinco minutos estaría rodeado por un enjambre de forofos; en cambio, Ronaldinho puede pasear por la Quinta Avenida sin que nadie se fije siquiera en él (a menos, claro está, que se cruce con algún ciudadano no norteamericano, en cuyo caso se le habría acabado al instante el anonimato). El hecho es que el país que gobierna el mundo ignora el deporte que gobierna el mundo. No es que no lo entienda: es que ni siquiera desea entenderlo. A ellos les gusta el fútbol americano, el baloncesto, el béisbol. Pero ninguno de esos deportes es comparable al fútbol. Tratando de explicarles el alcance del fenómeno a sus compatriotas, Paul Auster señaló que si sumaban su interés por el fútbol americano, el baloncesto y el béisbol, y luego lo multiplicaban por diez o veinte, entonces empezarían a hacerse una idea del tamaño descomunal de la afición de los europeos por el fútbol. Pero es inútil: a los norteamericanos no les entra en la cabeza. No es que sean más incultos ni más zoquetes que nosotros, pero no les entra. Algunos dirán que ésa es la causa del inflexible ánimo belicoso de sus sucesivos Gobiernos, y que la ONU debería proponerse la implantación del fútbol en USA como paso previo a la implantación de la paz mundial; puede ser. Sea como sea, en el fondo la explicación de esa incapacidad quizá no sea tan enigmática. Como en cualquier otro deporte, en el fútbol americano, el baloncesto y el béisbol gana siempre el mejor; en el fútbol no siempre es así: de hecho, no lo es casi nunca. Esto para la mentalidad norteamericana –educada en una estricta meritocracia de pionero protestante para la cual el triunfo es siempre fruto del esfuerzo personal– resulta deprimente; sospecho que para la nuestra resulta secretamente exaltante, porque convierte el fútbol en una metáfora exacta de la vida. “Fútbol es fútbol”, declaró Johan Cruyff. La definición –hasta el momento, la mejor que se ha dado nunca de este deporte– tolera tantas interpretaciones como el Ego sum qui sum de Yahvé a Moisés en el Éxodo. La mía es la que adelantaba al principio: lo único que hay que entender para entender el fútbol es que en el fútbol no hay nada que entender. Así que el fútbol no sólo es impredecible; también es ininteligible. Ese fondo ciego, vertiginoso y desesperado es la esencia del fútbol; también –casi sobra decirlo– lo es de la vida.

sábado, 10 de noviembre de 2007

UNA REFUTACIÓN DEL PANBOLERISMO


PARTE 2

EL FÚTBOL ES EL DEPORTE MÁS POPULAR A NIVEL MUNDIAL
Es probable. Pero eso sólo demuestra acaso el sentido democrático del fútbol. La democracia, lo dice Borges, no es sino un albur de la estadística: una promesa ilusoria: la igualdad. Lo anterior se cifra hasta en la propia semántica del fútbol: “México jugó con su similar de Brasil” (¿Qué de similares tienen los equipos de fútbol de México y Brasil?) La utopía democrática explica el descontento de nuestros tiempos: todos los hombres nacen iguales (¿Será lo mismo ser nieto de Carlos Slim a ser el hijo de un watuzi africano?) Creernos iguales, para regresar con un 5-0 a cuestas y las ilusiones rotas. El fútbol está hecho para traicionar nuestra fe. En el igualitarismo está el error: somos iguales para compartir pérdidas y asumir vía impuestos los rescates de los bancos quebrados, pero no para compartir la riqueza de los grandes banqueros y prestamistas. El fútbol tiene algo de eso: exige mucho y da poco a cambio (¿No se habla de mundiales enteros como el de Italia ‘90 con mal fútbol? ¿Cuándo se ha visto quejarse a un fan del béisbol de toda una temporada completa o de una Serie del Caribe?)

El béisbol es el Rey de los Deportes, reconoce una estructura equitativa de trato igual a los iguales y de trato desigual a los desiguales. (Nada de jugar con su similar de…)
La monarquía es equitativa. El béisbol rey. Los demás deportes miran de abajo a arriba: son asuntos menores.
LAS PORRAS DE FÚTBOL SON MÁS APASIONADAS
Si no hay distinción entre lo salvaje, lo violento y lo apasionado, entonces el fútbol es en efecto más apasionado. Basta ir a un partido de fútbol y luego a uno de béisbol, para comprender el grado de civilidad de los aficionados en uno y otro caso. El béisbol es un deporte de familias dispuestas a compartir un buen momento. El fútbol un deporte dominado por hordas de machos alfa dispuestos a destruir y humillar al otro.
El fútbol es sangriento en origen: los sacrificios mayas, el medieval calcio italiano y los piratas ingleses. Por su lado, el béisbol tiene sus primeros antecedentes en algunos rituales de los egipcios, un pueblo con un grado de sofisticación aún envidiado en esta época. Después de todo, hay algo de la solemnidad de las esfinges en las estructuras de los campos de béisbol.
El aficionado al béisbol se distingue del resto.
EN EL BÉISBOL NO HAY JUGADAS INDIVIDUALES COMO LAS DE MARADONA O PELÉ
Así de despistada es la propuesta panbolera. No es posible razonar con fundamento en definiciones y analogías inapropiadas Es amplio el trecho entre el béisbol y el fútbol. No puede haber jugadas “futboleras” en el béisbol: para empezar la pelota no está en poder del equipo a la ofensiva.
Es cómo decir: ¿y qué hay en fútbol que se parezca a un triple play?

Si bien espectaculares algunas jugadas en el fútbol, no deja de haber cierto aire de malabarismo gratuito en emplear los pies para patear o dominar un objeto. Las manos son el instrumento idóneo para manipular las cosas. El uso de las manos nos separa de los animales. El fútbol tiene algo de bizarro, es como ver enfrentados a 20 hombres con los brazos inutilizados, acompañados por dos paramédicos y vigilados por tres o cuatro empleados de la funeraria con silbato en boca.
No hay nada como un home-run en la novena entrada.
Pero el béisbol no se limita a un solo instante perdurando en la memoria: el béisbol penetra el alma y se torna la memoria misma.
El béisbol va más allá del olvido.
EL FÚTBOL ES ÉPICO
Épico es mirar de principio a final un cero a cero en el fútbol.
El fútbol es narrativa. El béisbol poesía.

*

Corolario Final: El béisbol no se toca, es cosa sagrada.

viernes, 9 de noviembre de 2007

UNA REFUTACIÓN DEL PANBOLERISMO


PARTE 1
El fútbol. Sí, me gusta. En su calidad de asunto menor, el fútbol puede coexistir con mi afición al béisbol. No tengo modo de negarlo: el fútbol, como una de esas novias inglesas, me produce algún pequeño placer de vez en cuando. El fútbol me agrada, respeto a sus aficionados nobles y leales, pero me desagrada el discurso patriotero y exaltado de otros, simples panboleros, queriendo imponer a toda costa su blietzkrieg: la mercadotecnia barata y ramplona del americanismo (toda crítica sobre el América está ya dicha: es llover sobre mojado), la hipócrita xenofobia nacionalista del Guadalajara (por favor, no sean racistas, ¿qué más da si un jugador talentoso es mexicano o no?), el tinglado pandilleril porruno marxistoide de los pumas (cuando forman filas con puños cerrados alzados parece que se va a venir el himno de la internacional comunista), la desmesura mesiánica del hugosanchizmo (ni en su casa lo aguantan), las foxianas barrabasadas del perro Bermúdez (me pregunto como andará de IQ en relación con Bush), y, fuera de Mexico, sobre todo la cursilería fascista del madridismo (más que festejar en la Cibeles deberían festejar en el Escorial) y la sospechosa metrosexualidad sobreexplotada del señor David Beckham (¿metrogay propuso alguien?).
Los panboleros, amparados por los oscuros intereses del duopolio televisivo mexicano y los enormes tentáculos financieros de la FIFA, quieren acaparar los espacios del deporte: ya le dieron en la torre a las transmisiones de la NBA y pretenden estrechar aún más los límites de las transmisiones de béisbol.
Por naturaleza, los panboleros son intolerantes y suelen atacar todo aquello que no sabe, no huele, no se ve, no se oye y no se siente como fútbol. Los panboleros son sujetos irascibles: cuando su equipo no triunfa, la semana es una pesadilla para todos a su alrededor: quedar atrapados en el elevador junto a un tipo con diarrea.
Los líbelos y discursos panboleros en contra del béisbol no son sino una vasta literatura de denigración de la verdadera Magia.
Por lo regular, los panboleros acuden a una serie de argumentos baladíes con ánimo de denostar al Rey de los Deportes. Argumentos de fácil refutación como consecuencia de su ingenuidad. Veamos los siete pecados capitales de los panboleros contra el sentido común.
LOS JUEGOS DE BÉISBOL DURAN DEMASIADO TIEMPO
Premisa errónea desde origen.
El béisbol no suele tener límites de tiempo. Es incorrecto dar por sentado algo de lo cual no se tiene certeza. Un juego de fútbol podría durar tanto o más que un juego de béisbol.
Además, suponiendo los juegos de béisbol implicaran forzosamente más tiempo, es incorrecto atribuir cualidades de bondad a un concepto abstracto, vago e incoherente como el tiempo. El tiempo no es bueno ni malo. (El mal tiempo es una metáfora). Un hombre de 80 años no por ser más viejo es mejor que un hombre de 60.
De igual forma, si el tiempo fuese el problema, ¿cómo explican los panboleros el hecho de chutarse dos o tres partidos seguidos de fútbol? ¿No sería eso demasiado tiempo?
El béisbol no dura ni mucho ni poco, dura lo que ha de durar.
EL BÉISBOL TIENE DEMASIADAS REGLAS. ES INCOMPRENSIBLE
Falso.
Un deporte complejo requiere de cierta dosis de complejidad para no devenir en algo insensato. Una reglamentación excesiva sería una donde se atendiera a circunstancias no indispensables del todo para el desarrollo del juego. Si de demasiadas reglas se trata, ¿cuál es la razón en el fútbol de la tarjeta amarilla por sacarse la camiseta tras un gol? Simples intereses comerciales de los patrocinadores. Peor aún, los panboleros ni siquiera se preguntan por qué el saque de banda es hecho con las manos y no con los pies como sugeriría la dinámica del fútbol. Guess why?
En el béisbol no hay reglas en demasía, sólo las necesarias. Y de eso a ser un deporte incomprensible, hay mucho trecho. No obstante, una mente moldeada en una estructura mental como la del fútbol, podría tener algunos problemas para pasar a otra estructura mental de mayor riqueza y complejidad como la del béisbol.
En el béisbol no hay lugar para la pereza mental.
LA PELOTA DE BÉISBOL NI SIQUIERA SE VE
(Bueno, esta idea en realidad sólo se la he oído a Jesús Ramón, pero él no es propiamente un panbolero: suele apoyar equipos de fútbol serios y respetables)
¿Y qué hay de malo en no ver? Lo decía Saint-Exupery: “Lo esencial es invisible a los ojos.” Además la pelota sí se ve, no verla es síntoma de miopía, ceguera u otras formas de patologías oculares.
La pelota es un copo de nieve en la negra noche.

Datos personales